América Latina se prepara para afrontar los severos impactos del denominado ‘Súper El Niño’, un fenómeno climático que, según las proyecciones científicas, promete ser uno de los más intensos de las últimas décadas. La magnitud de esta amenaza ha llevado a líderes regionales, como la presidenta de Perú, Keiko Fujimori, a declarar la gestión de sus efectos como una de las prioridades inmediatas de su gobierno. El Centro para la Predicción del Clima (CPC) de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE.UU. (NOAA) estima una probabilidad del 81% de que un evento de esta envergadura se manifieste con fuerza entre octubre y diciembre del presente año, con repercusiones que se extenderán hasta 2027.
El fenómeno El Niño-Oscilación del Sur (ENSO) se caracteriza por el calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico tropical central, superando los +1.5 °C por encima de la media histórica, lo cual desencadena una serie de alteraciones climáticas globales. La actual manifestación del ‘Súper El Niño’ se distingue por una confluencia de factores que lo fortalecen hasta niveles pocas veces registrados desde la década de 1950, superando incluso eventos históricos de gran impacto como los de 1982-83 y 1997-98. Este calentamiento repentino es el resultado de un debilitamiento considerable en los vientos alisios, lo que a su vez reduce el afloramiento de aguas frías en las costas de Perú y Ecuador, permitiendo que las temperaturas oceánicas se eleven de manera anómala.
Diversas anomalías meteorológicas han convergido para catalizar la intensidad de este ‘Súper El Niño’. Entre ellas, se observan cambios significativos en la retroalimentación océano-atmósfera, el comportamiento de las ondas de Kelvin y las variaciones en la termoclina. Estos elementos interactúan de manera sinérgica, potenciando el calentamiento del Pacífico ecuatorial y amplificando los efectos canónicos del fenómeno, que incluyen sequías prolongadas, olas de calor extremas y lluvias torrenciales. La comunidad científica también subraya la influencia del calentamiento global antropogénico como un factor agravante, que intensifica la frecuencia y severidad de estos eventos climáticos extremos.
Los impactos regionales de este ‘Súper El Niño’ se perfilan con particular severidad y diversidad a lo largo de América Latina. En Norteamérica, México anticipa tormentas invernales más intensas en su región septentrional hacia finales de año, mientras que el sureste podría experimentar un aumento de las temperaturas y condiciones de sequía. Centroamérica, particularmente en su ‘corredor seco’ —que abarca Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá—, enfrenta la amenaza de sequías severas y olas de calor sin precedentes, que, según el Dr. Ángel Adames, constituyen la causa más letal de mortalidad asociada a eventos meteorológicos.
En Sudamérica, la variabilidad de los efectos se hace patente. Las costas de Perú y Ecuador son el ‘epicentro’ del ‘El Niño costero’, caracterizado por lluvias torrenciales que provocan inundaciones masivas y deslaves, impactando drásticamente la infraestructura y la vital industria pesquera debido a los cambios en la temperatura del océano. Paralelamente, vastas extensiones de Perú, Bolivia, Colombia, Venezuela y el norte de Brasil podrían sufrir sequías agudas, comprometiendo gravemente la agricultura y limitando la generación de energía hidroeléctrica, lo cual desencadena una crisis en el suministro energético.
Contrastando con el norte, las naciones del sur del continente, como el sur de Brasil, Uruguay, Paraguay, el norte de Argentina y Chile, podrían experimentar un incremento significativo en las precipitaciones. Si bien estas lluvias pueden, en principio, favorecer las actividades agrícolas, su intensidad excesiva representa un riesgo considerable de inundaciones devastadoras, análogas a las observadas durante el ‘Súper El Niño’ de 1997-98. La gestión del agua en estas regiones se torna crucial para mitigar los daños potenciales y aprovechar los beneficios de una pluviosidad adecuada.
La temporada de huracanes también exhibirá patrones alterados. Históricamente, El Niño tiende a suprimir la formación de ciclones tropicales en el Atlántico, lo que podría ofrecer un respiro a las regiones del Caribe, el este de México y Estados Unidos. Sin embargo, en el Pacífico Oriental, el fenómeno suele intensificar la actividad ciclónica, con un aumento en la frecuencia y potencia de los huracanes, lo que incrementa la vulnerabilidad de las costas centroamericanas y mexicanas, rememorando el destructivo huracán Pauline de 1997.
Adicionalmente a los desafíos climáticos directos, la región se enfrenta a factores geopolíticos que complican aún más el panorama, como los conflictos en Medio Oriente que inciden en el precio y la disponibilidad de fertilizantes. Esta combinación de variables amenaza la seguridad alimentaria y energética, ya que las sequías y olas de calor podrían reducir las cosechas, mientras que la disminución del caudal de los ríos afectaría la generación hidroeléctrica. La inacción gubernamental ante estas interconexiones podría tener consecuencias socioeconómicas de gran magnitud, advierten los expertos.
Frente a este escenario, varios gobiernos latinoamericanos han esbozado planes de contingencia. La administración peruana ha anunciado la descolmatación masiva de ríos, la construcción de defensas ribereñas y un sistema logístico de respuesta rápida para asegurar el abastecimiento de recursos vitales en zonas vulnerables. En Colombia, si bien se decretó una emergencia y se asignó un presupuesto significativo para la gestión del riesgo, la suspensión judicial de parte de dicho decreto por el Consejo de Estado plantea incertidumbre sobre la implementación efectiva de estas medidas bajo la nueva presidencia de Abelardo de la Espriella.
México, bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum, ha activado alertas tempranas vía celular para las poblaciones en riesgo e instalado puestos de comando en estados costeros, especialmente del Pacífico, para monitorear la situación. Las acciones preventivas incluyen la limpieza de cauces y presas, así como la colocación de barreras, con la expectativa de que el punto álgido del fenómeno ocurra en diciembre. A pesar de estos esfuerzos, el Dr. Adames enfatiza la necesidad de una mayor educación pública sobre El Niño y sus impactos, instando a los ciudadanos a adoptar una mentalidad de preparación ante las inminentes olas de calor y sequías, y a estar conscientes de los tiempos difíciles que se avecinan.
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