Los recientes comicios en Israel han desembocado en un panorama político fragmentado, sin que ninguna facción logre la mayoría necesaria para conformar gobierno. El bloque liderado por Benjamin Netanyahu obtuvo 53 escaños, mientras que la oposición sionista de Gadi Eisenkot acumuló 48, y los partidos árabes alcanzaron un récord de 19. Este estancamiento, donde nadie supera los 61 escaños requeridos en la Knéset, subraya una compleja dualidad: el electorado ha mermado el soporte a Netanyahu, pero no ha proporcionado un mandato claro para su reemplazo. La situación tras las urnas no solo define el futuro liderazgo en Jerusalén, sino que también determina si una nación crucial para la estabilidad de Oriente Próximo abordará con el debido Imperativo de la Sensatez la delicada operación de neutralizar la amenaza del régimen iraní, o si continuará sumida en la polarización de una campaña electoral interminable.
Este bloqueo político se manifiesta a pesar de la persistencia del Likud como el partido principal, cuya fuerza disminuyó en el bloque de derecha. Los partidos ultraortodoxos y la extrema derecha nacional-religiosa que le apoyaban han perdido once escaños en cuatro años, reflejando un cambio en el votante tradicionalista que ahora demanda equidad en las cargas militares. Por otro lado, la coalición de Eisenkot emerge como una fuerza central, atrayendo a figuras como Naftali Bennett y Yair Lapid, en un escenario donde la línea divisoria política ya no reside entre ‘palomas’ y ‘halcones’, sino entre quienes abogan por un reparto equitativo de las responsabilidades cívicas y quienes se benefician de exenciones. Esta reconfiguración evidencia una creciente demanda ciudadana por la regeneración institucional y la corresponsabilidad.
La aritmética parlamentaria presenta dos posibles mayorías que, sin embargo, la política actual prohíbe explícitamente. Una gran coalición entre el Likud, Yashar!, Bennett y Lieberman sumaría 67 escaños, pero sus líderes han jurado no gobernar junto a Netanyahu. Alternativamente, un gobierno de la oposición sionista con el apoyo externo o interno de partidos árabes como Ra’am podría obtener la investidura; no obstante, figuras clave como Bennett y Lieberman mantienen su veto a cualquier respaldo árabe. Este doble bloqueo, con un 35% de probabilidades de una repetición electoral o un gobierno de unidad, según algunos análisis, destaca la profunda división y la dificultad para forjar alianzas pragmáticas en un entorno político tan volátil, impidiendo cualquier avance significativo en la gobernabilidad.
La postura de los partidos árabes es diferenciada pero crucial. Ra’am, de orientación islamista conservadora y pragmática, busca la integración gubernamental para asegurar presupuestos, el reconocimiento de sus comunidades beduinas y soluciones a la inseguridad, demostrando una voluntad de diálogo con otros líderes. En contraste, la Lista Conjunta, con un perfil más nacionalista, se inclina por un apoyo externo a un gobierno alternativo, con el objetivo primordial de desalojar al actual presidente de la Knéset. Ignorar estas diferencias o demonizarlos, como ha intentado el Likud, no solo es un error de análisis, sino una torpeza estratégica que complica aún más las posibilidades de una solución política estable y una representación efectiva para un segmento significativo de la ciudadanía.
Las implicaciones de este punto muerto se extienden más allá de las fronteras israelíes, afectando la estabilidad regional en un momento crítico. En el Líbano, la promesa de desarmar a Hizbollah exige un interlocutor israelí predecible; en Gaza, la situación de Hamás sigue sin resolverse; y en Cisjordania, la impunidad de los colonos violentos escala a un problema de seguridad interna. La parálisis política en Israel puede ser interpretada como una debilidad por actores como Irán, cuyo eje sigue activo con provocaciones en el Golfo y el refuerzo de sus ‘proxies’. Además, la relación con Turquía, definida como un ‘rival mas no un enemigo’, añade otra capa de complejidad, con episodios de tensión diplomática y acuerdos de defensa con terceros que resaltan la intrincada red de alianzas y antagonismos en el Mediterráneo Oriental.
El desafío más apremiante y menos analizado es la estrategia frente a Irán. Tras las elecciones estadounidenses, se anticipa una intensificación de los esfuerzos para neutralizar las capacidades ofensivas de Teherán, tanto convencionales como nucleares. La ‘guerra’ iniciada el 28 de febrero, si bien un éxito táctico, ha sido un fracaso geopolítico, dejando a un régimen golpeado pero no derrocado, capaz de sembrar minas en el estrecho de Ormuz y rearmar a sus aliados. Tan crucial como destruir estas capacidades es evitar que Irán reconstruya su tesorería. Las condiciones que Teherán impone para cualquier acuerdo, que incluyen el levantamiento de bloqueos y sanciones, podrían otorgarle acceso a cientos de miles de millones de dólares, fondos que se destinarían a la inestabilidad regional y al fortalecimiento de sus organizaciones terroristas afiliadas, desde Hizbollah hasta los hutíes, con graves consecuencias para la seguridad global.
La política exterior y de seguridad de Israel debe retornar a un enfoque presidido por la sensatez. La célebre máxima atribuida a Henry Kissinger, de que Israel no tiene política exterior sino solo política interior, sigue siendo una advertencia válida: las declaraciones en un mitin en Galilea pueden tener repercusiones directas en Riad, Ankara, Beirut o Washington. La naturaleza de las campañas electorales, a menudo caracterizadas por la retórica incendiaria y el exceso verbal, es la antítesis de la mesura, la calma y el rigor que deben guiar las decisiones de seguridad nacional. Cuando un primer ministro acusa a los árabes de ‘robar’ elecciones, el exabrupto trasciende el estilo y se convierte en un grave riesgo para la operación más delicada que Israel y sus aliados tienen por delante, comprometiendo la confianza y la cooperación internacional.
Estas elecciones, por tanto, son trascendentales para toda la región. Una coalición amplia y estable, idealmente incluyendo a uno de los partidos árabes como ocurrió con Ra’am en 2021, podría conducir a una mayor moderación y diálogo. La condición innegociable para dicha integración es la condena inequívoca del terrorismo de Hamás y el reconocimiento del Estado de Israel. Una vez neutralizado el riesgo iraní, Israel deberá abordar tareas postergadas: una reconstrucción seria de Gaza, el cese de la expansión de asentamientos ilegales en Cisjordania y la contención de los ataques de colonos violentos. Estas acciones son fundamentales para que Arabia Saudí se sume a los Acuerdos de Abraham, un hito que impulsaría la paz y la estabilidad regional, enviando además un mensaje contundente a Teherán de que su estrategia ha fracasado. El cierre de este círculo virtuoso exige, por encima de todo, el Imperativo de la Sensatez que ninguna campaña electoral puede proporcionar, pero todo gobierno responsable necesita.Si le ha parecido interesante este análisis, le invitamos a compartirlo y a dejar su opinión en los comentarios.





