La organización Proyecto sobre Organización, Desarrollo, Educación e Investigación (PODER) ha desvelado un preocupante patrón de incidentes atribuidos a Grupo México, el conglomerado dirigido por Germán Larrea Mota-Velasco. El informe documenta más de veinte tragedias, de las cuales quince corresponden a ‘Catástrofes Ambientales’ específicas, extendiéndose por varias décadas y abarcando desde el Río Sonora en México hasta operaciones en Estados Unidos y Perú. Estos eventos recurrentes ponen de manifiesto una urgente necesidad de reevaluar la responsabilidad corporativa y la eficacia de los marcos regulatorios internacionales.
El análisis de PODER subraya que la persistencia de estas ‘Catástrofes Ambientales’ y laborales no es meramente una serie de accidentes aislados, sino que, según Julieta Lamberti, directora de la unidad de investigación de la organización, se relaciona directamente con una evidente falta de vigilancia y la impunidad con la que opera la empresa. La envergadura transnacional de Grupo México, con sus filiales como Southern Copper Corporation en Perú o la adquisición de ASARCO en Estados Unidos, demuestra que estas problemáticas trascienden fronteras y plantean interrogantes sobre la supervisión de corporaciones mineras a nivel global, un sector conocido por su alto impacto ambiental.
Más allá de las cifras, el impacto humano y social de estos desastres es incalculable. Casos emblemáticos como la explosión en la mina Pasta de Conchos en 2006, donde 65 trabajadores quedaron atrapados, y la huelga en Cananea de 2004, evidencian un historial de preocupaciones por la seguridad y los derechos laborales. En Perú, los conflictos en torno al proyecto Tía María en Arequipa resultaron en enfrentamientos violentos, fallecimientos y heridos, destacando la tensión inherente entre la expansión extractiva y la subsistencia de comunidades agrícolas, un desafío que se replica en diversas latitudes.
Los desastres ambientales, como el derrame de sulfato de cobre en el Río Sonora en 2014, ilustran las consecuencias a largo plazo para los ecosistemas y la salud pública. Años después, las comunidades afectadas siguen lidiando con la contaminación por metales pesados y la falta de atención especializada, un drama que se agudiza con la identificación de nuevas víctimas. La sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación a favor de Bacanuchi, que reconoció la violación del derecho a la participación comunitaria, es un precedente crucial, aunque a menudo insuficiente para resarcir los daños.
La recurrencia de incidentes, como el derrame de ácido sulfúrico en Guaymas en 2019, que afectó al biodiverso Mar de Cortés, o la contaminación por cadmio en Tacna, Perú, en 2011, señala la ineficacia de las medidas correctivas y las sanciones aplicadas hasta ahora. Las multas impuestas a Grupo México, según el informe, han sido ‘ínfimas’ en comparación con la magnitud del daño provocado, permitiendo a la empresa eludir una reparación integral y la remediación adecuada de los sitios impactados, lo que perpetúa un ciclo de degradación ambiental y social.
El caso de Grupo México es un llamado de atención global sobre la necesidad de fortalecer los mecanismos de gobernanza ambiental y laboral a nivel nacional e internacional. Las autoridades, tanto en México como en los países donde opera el conglomerado, enfrentan el imperativo ético de ejercer una supervisión rigurosa y aplicar sanciones proporcionales para asegurar que las corporaciones cumplan con estándares mínimos de sostenibilidad y derechos humanos. La impunidad no solo erosiona la confianza pública, sino que condena a las generaciones futuras a heredar los pasivos ambientales y sociales de una explotación irresponsable.Si le ha parecido interesante este análisis, le invitamos a compartirlo y a dejar su opinión en los comentarios.





