La ambición espacial de Rusia ha sufrido un revés significativo con la inminente caída de dos satélites clave de su constelación ‘Rassvet-3’. Este proyecto, concebido como la respuesta de Moscú a la red Starlink, de SpaceX, enfrenta ahora cuestionamientos serios sobre su viabilidad tecnológica y estratégica. Los satélites RASSVET-3 17 y RASSVET-3 23, lanzados el 19 de julio desde el cosmódromo de Plesetsk, han comenzado un descenso prematuro que los dirige hacia una reentrada atmosférica controlada o descontrolada en cuestión de semanas, sin haber alcanzado su órbita operativa.
Según los datos de seguimiento orbital actualizados al 13 de octubre por SONIKS, ambos dispositivos se encuentran a unos 250 kilómetros de altitud, una distancia considerablemente inferior a los 480-512 kilómetros donde se han estabilizado la mayoría de sus homólogos. Estas cifras son alarmantes, dado que los satélites estaban programados para ascender desde una órbita inicial de aproximadamente 300 kilómetros empleando sus propios motores de propulsión de plasma. La falta de este ascenso autónomo, vital para el despliegue de la constelación, sugiere un fallo técnico aún no reconocido por Bureau 1440, la empresa rusa a cargo del proyecto.
Este incidente no es un caso aislado. Precedentemente, el satélite RASSVET-3 4 también reingresó en la atmósfera terrestre el 6 de junio, tras una operación efímera de apenas 75 días en órbita. Tal patrón de fallos subraya una tendencia preocupante en el programa Rassvet, cuestionando la fiabilidad de su ingeniería y los protocolos de despliegue. Adicionalmente, la discrepancia entre la altitud objetivo de 800 kilómetros declarada por Bureau 1440 y los aproximadamente 500 kilómetros a los que otros satélites se han estabilizado, plantea interrogantes sobre la optimización de la red y las implicaciones para la latencia y la densidad de cobertura.
Más allá de la conectividad civil, la constelación Rassvet-3 posee una dimensión geoestratégica crucial. El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW) ha alertado que, incluso una red parcialmente funcional, podría ser instrumental para Rusia en la mejora del control remoto de drones y otros sistemas no tripulados utilizados en el conflicto en Ucrania. Por consiguiente, los contratiempos en su despliegue no solo comprometen la capacidad de Rusia para competir en el mercado global de internet satelital, sino que también merman potenciales ventajas militares en un escenario de confrontación prolongada.
La aspiración de Moscú de establecer una infraestructura de internet satelital robusta y autónoma requiere una constelación de entre 200 y 250 satélites para garantizar una cobertura ininterrumpida, de acuerdo con estimaciones del ISW. Sin embargo, la persistencia de problemas técnicos y las limitaciones inherentes a sus capacidades de lanzamiento representan un cuello de botella significativo. Cada satélite perdido o inoperable no solo implica una inversión económica fallida, sino que también retrasa la consecución de una capacidad operativa plena, exacerbando los desafíos técnicos y logísticos que enfrenta el programa espacial ruso.
En este contexto, la serie de reveses en la constelación Rassvet-3 trasciende los meros fallos técnicos; se perfila como un indicador de las profundas complejidades y vulnerabilidades inherentes a los grandes proyectos tecnológicos de índole estatal. La competencia por la supremacía en el dominio espacial, tanto en el ámbito comercial como en el militar, es feroz. Estos incidentes no solo socavan la credibilidad de Rusia en la carrera por el internet satelital, sino que también exponen las dificultades para mantener un ritmo de innovación y fiabilidad comparable al de otras potencias espaciales.
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