El fantasma de Jeffrey Epstein apunta a seguir atormentando la segunda presidencia de Donald Trump. La cascada de revelaciones surgida de la publicación esta semana de una colección descomunal de documentos del malogrado delincuente sexual sigue ofreciendo detalles de la relación entre ambos … y la semana que viene el asunto volverá al foco: la Cámara de Representantes votará sobre la exigencia al Departamento de Justicia de que desclasifique todos los documentos relacionados con Epstein. Esto último es algo a lo que se opone Trump y que abre una brecha con una facción de los republicanos.
La última revelación masiva de documentos se realizó el miércoles por parte del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, liderado por los republicanos, que tienen mayoría. Ocurrió como respuesta a que los demócratas de ese comité publicaron tres correos de Epstein con información dañina sobre Trump. En estos últimos, Epstein aseguraba en comunicaciones privadas que el ahora presidente «sabía todo sobre las chicas», en referencia a sus fechorías, que incluyeron el tráfico y abuso sexual de menores o que «pasó horas» con una de sus víctimas.
Pero hay más entre las 23.000 páginas restantes que se publicaron después. Por ejemplo, otra constatación de que Trump estaba al tanto de lo que hacía Epstein, aunque no participó en ello. «Trump lo sabía y vino a mi casa muchas veces en aquel periodo», escribió el financiero en un email en febrero de 2019, antes de ser imputado, arrestado y puesto en la celda en la que se suicidó en el verano de aquel año. Pero añadió: «Nunca recibió un masaje», en referencia a la práctica en la que se enmarcaban los abusos a chicas jóvenes.
Trump ha negado una y otra vez que estuviera implicado en esas correrías o que tuviera conocimiento de ello. Los documentos de Epstein conocidos ahora -y otros anteriores- ponen en cuestión al menos lo segundo.
«Trump lo sabía y vino a mi casa muchas veces, pero nunca recibió un masaje», escribió el financiero en un email antes de ser acusado
«No tenía ni idea», aseguró Trump en julio de 2019, cuando cayó Epstein, sobre sus delitos. «No he hablado con él en muchos, muchos años». Lo primero, de nuevo, es dudoso. Lo segundo parece cierto. Trump y Epstein fueron amigos en la década de 1990 y comienzos de los 2000, dos neoyorquinos exitosos, con casas en Manhattan y Palm Beach, que compartían algunos gustos similares. «Es alguien con quien te lo pasas muy bien», dijo Trump sobre Epstein en una entrevista de 2002. «Se dice incluso que le gustan las mujeres bellas tanto como a mí, y muchas de ellas son del lado joven». Hay vídeos y fotos de ambos de aquello época, rodeados de mujeres jóvenes.
Trump y Epstein, en una imagen de 1995
Ruptura de amistad
La amistad se rompió a mediados de la década de los 2000. Según Trump, porque Epstein le ‘robaba’ empleadas de Mar-a-Lago, su mansión en Florida. Hay versiones que apuntan a que la ruptura fue por la pelea por un terreno inmobiliario que ambos querían.
Trump dejó de hablar con Epstein, pero Epstein no dejó de hablar de Trump. Se ve en esa colección de documentos revelados ahora, en los que el financiero se refiere a su examigo en muchas ocasiones. Sobre todo por dos circunstancias: el conocimiento de Trump de sus desmanes y su ascenso político a partir de 2015, cuando arrancó la campaña de las presidenciales que ganó en 2016.
Epstein deja claro que su amistad con Trump en pleno periodo de sus abusos sexuales podría serle útil. «Sé lo sucio que es Donald», dijo en una conversación de agosto de 2018 con Kathryn Ruemmler, asesora legal en la Casa Blanca de Barack Obama. «Yo soy quien puede ser capaz de tumbarle», aseguró en otra comunicación de diciembre de 2018, cuando ya sentía que los investigadores estaban cerca de él, entre acusaciones en la prensa.
Hasta ahora no ha aparecido ninguna prueba que implique al presidente, pero los documentos cuestionan su versión
En diciembre de 2015, cuando Trump despuntaba en las primarias republicanas, ofreció a un fotógrafo de ‘The New York Times’ una foto de Trump «con chicas en bikini en mi cocina». Poco después, con Epstein a punto de ser el objeto de un libro dañino, un contacto, el periodista Michael Wolff, le recomendó que su pasado con Trump le podía servir para «cambiar el relato».
En muchas comunicaciones, hay amigos y contactos que le piden que saque información perjudicial para Trump, algo que Epstein solo amagó con hacer. Pero sí se explayó en insultos al actual presidente, al que llamó «lelo» y «demente» y del quien cuestionó su fortuna.
El culebrón de Epstein se alargará con las revelaciones que queden por encontrar y que los medios estadounidenses peinan con denuedo. Y con la votación en el Congreso de la próxima semana, en la que varios republicanos se posicionarán a favor de lo mismo que prometió Trump en campaña y que ahora se le ha vuelto en contra: máxima transparencia con Epstein.






