Este 23 de octubre de 2026, el Día Mundial contra la Polio marca un hito dual para las Américas: la conmemoración de 35 años ininterrumpidos sin la detección del poliovirus salvaje, un logro trascendental en salud pública, y la sombría advertencia sobre la creciente vulnerabilidad de la región. A pesar de este éxito histórico, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) enfatiza que las coberturas de vacunación contra la poliomielitis permanecen por debajo del umbral del 95% recomendado, un factor crítico que expone a la población a una posible reintroducción del virus.
La recuperación de las tasas de inmunización tras el impacto de la pandemia de COVID-19 ha sido gradual, aunque insuficiente. En 2025, la primera dosis de la vacuna antipoliomielítica inactivada (IPV) alcanzó el 91% de cobertura, la segunda el 89% y la tercera el 87%, cifras que, si bien representan un incremento respecto a años anteriores, aún distan del nivel óptimo para garantizar la inmunidad de rebaño. Este rezago es especialmente preocupante si se considera la dramática reducción de la enfermedad en la región, que pasó de registrar cerca de 6.000 casos en 1975 a certificar la erradicación del poliovirus salvaje en 1994, tres años después del último caso documentado en Perú.
La amenaza de importación es real y persistente. Mientras el poliovirus salvaje continúe circulando de forma endémica en Afganistán y Pakistán, como demuestran los 48 casos notificados globalmente hasta el 20 de octubre de 2026, ninguna región del mundo está completamente exenta de riesgo. La globalización y la movilidad humana facilitan la diseminación de patógenos, lo que significa que una brecha en la inmunización en cualquier país de las Américas puede ser la puerta de entrada para un resurgimiento de la enfermedad, especialmente en comunidades con bajas coberturas vacunales donde el virus podría propagarse con celeridad.
Paralelamente a las deficiencias en las tasas de vacunación, la vigilancia epidemiológica también muestra puntos débiles. La meta regional de detectar al menos un caso de parálisis flácida aguda (PFA) por cada 100.000 niños menores de 15 años no se ha alcanzado, situándose en 0,85 casos. Este indicador es fundamental, ya que la PFA es una señal de alerta temprana de la poliomielitis y su subregistro sugiere que los sistemas de salud podrían no tener la sensibilidad necesaria para identificar y responder con rapidez ante posibles brotes, lo que podría retrasar la contención y amplificar las consecuencias.
La poliomielitis es una enfermedad altamente contagiosa que afecta predominantemente a niños menores de cinco años, con consecuencias devastadoras que incluyen parálisis irreversible y una tasa de mortalidad del 5% al 10% entre los afectados. No existe cura para esta afección, pero es completamente prevenible mediante la vacunación. El esfuerzo mundial para erradicar la poliomielitis, liderado por la Iniciativa Mundial para la Erradicación de la Poliomielitis (GPEI) desde 1988, ha logrado una reducción del 99.9% en los casos a nivel global, salvando millones de vidas y evitando una discapacidad masiva. Este hito sanitario subraya la capacidad de la cooperación internacional y la ciencia médica para transformar la salud pública.
En este contexto, la OPS reitera la urgencia de fortalecer la inmunización sistemática, mejorar la vigilancia y asegurar la capacidad de respuesta de los sistemas de salud. La responsabilidad recae no solo en los gobiernos, sino también en los padres y cuidadores, quienes deben verificar que los esquemas de vacunación de sus hijos estén completos. La complacencia ante un enemigo latente es el mayor riesgo; solo la vigilancia constante y el compromiso sostenido garantizarán que las Américas mantengan su estatus de región libre de poliomielitis, contribuyendo así a la meta global de erradicación definitiva de esta enfermedad devastadora.
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