La reciente investidura de Keiko Fujimori como presidenta del Perú ha encendido las expectativas de millones, particularmente en los asentamientos humanos que, de manera peculiar, llevan su nombre. Estos barrios, forjados en la periferia de grandes urbes como Lima y Callao, representan un microcosmos de las promesas de campaña de la líder derechista, especialmente su compromiso con la **seguridad ciudadana**. La creciente ola de criminalidad, caracterizada por extorsiones y sicariato, se ha convertido en la principal preocupación nacional, elevando la presión sobre la flamante mandataria para que sus acciones sean tan contundentes como sus palabras. La población, agotada por la inseguridad, observa con una mezcla de esperanza y escepticismo el inicio de esta nueva administración.
El origen de estos asentamientos, como el de Ventanilla o Carabayllo, se remonta al gobierno del expresidente Alberto Fujimori, padre de la actual jefa de Estado. Durante su gestión (1990-2000), la legitimación de invasiones de terrenos y la provisión inicial de títulos de propiedad, aunque sin servicios básicos, generaron un fuerte vínculo de lealtad en estos sectores urbanos marginales. Este hecho, visto como un gesto de ‘agradecimiento’, llevó a la comunidad a bautizar sus incipientes vecindarios con el nombre de la entonces joven Keiko Fujimori, un fenómeno que subraya la persistente influencia de la figura paterna en la política peruana y la compleja relación entre la provisión estatal y la adhesión popular.
La gravedad de la crisis de inseguridad en Perú es innegable y alarmante. Las cifras oficiales revelan un incremento exponencial en los índices de criminalidad: los homicidios pasaron de aproximadamente 1.000 en 2018 a una proyección de 2.600 en 2025, mientras que las denuncias por extorsión se dispararon de 3.200 a 26.500 en el mismo periodo. Este aumento dramático no solo refleja la expansión y sofisticación de las bandas criminales, tanto nacionales como transnacionales, sino que también erosiona la confianza ciudadana en las instituciones y compromete el desarrollo social y económico de la nación andina, colocando a la contención del crimen como una prioridad insoslayable.
El desafío para la administración de la presidenta Fujimori no solo radica en la implementación de políticas efectivas, sino también en la gestión de un legado político que aún divide profundamente a la sociedad peruana. La memoria de su padre, quien falleció en 2024 tras ser condenado por graves violaciones de derechos humanos y corrupción, pero también recordado por la derrota de Sendero Luminoso y el impulso de obras sociales en zonas desatendidas, impregna el escenario político. Analistas como Arturo Maldonado señalan que es probable que la actual mandataria replique ciertos ‘gestos’ de proximidad con la ‘platea’ popular, una estrategia que podría buscar reforzar la base de apoyo, pero que también será examinada bajo el prisma de la gobernabilidad democrática y el respeto irrestricto a los Derechos Humanos.
En respuesta a esta compleja realidad, Keiko Fujimori ha delineado una serie de propuestas de ‘mano dura’ contra el crimen. Entre sus medidas anunciadas figuran la expulsión de migrantes indocumentados implicados en delitos, la reinstauración de tribunales con jueces anónimos –una práctica controvertida del gobierno de su padre– y la implementación de un régimen laboral para presos, donde deban trabajar para cubrir el costo de sus alimentos. Estas iniciativas, que evocan periodos anteriores de la historia peruana, buscan proyectar una imagen de firmeza, aunque generan debate sobre su efectividad a largo plazo y su compatibilidad con los principios de un Estado de derecho moderno. La efectividad de estas políticas será crucial para determinar el éxito de su gestión y el futuro de la seguridad en Perú.
Si le ha parecido interesante este análisis, le invitamos a compartirlo y a dejar su opinión en los comentarios.





