El panorama político colombiano se ve nuevamente influenciado por la figura del expresidente Álvaro Uribe Vélez, cuya calculada estrategia electoral sugiere una posible reconfiguración del poder. La cuestión fundamental que se plantea es si asistiremos a un retorno del ‘Uribismo al poder’, una fuerza que ha marcado profundamente la política nacional en el presente siglo. Su capacidad para articular movimientos y fijar la agenda política permanece intacta, desafiando cualquier pronóstico de su declive.
La trayectoria electoral de Uribe es un testimonio de su persistente influencia. Ha logrado victorias presidenciales directas y a través de sucesores, con solo dos derrotas en las últimas seis elecciones. Un hito que subraya su singular habilidad política fue la sorpresiva victoria del ‘No’ en el plebiscito por la paz de 2016. Este resultado, aunque estrecho y envuelto en controversia sobre las tácticas empleadas, reafirmó su poder de movilización y su rol como actor definitorio en la polarización del país.
La fase inicial de la contienda electoral se caracterizó por una plétora de precandidatos, lo que, paradójicamente, impidió la consolidación de alternativas políticas verdaderamente novedosas. Este escenario de fragmentación favoreció la emergencia de figuras con vínculos más profundos con el establecimiento, como Abelardo de la Espriella, quien supo navegar entre el descontento popular y las élites tradicionales, proponiendo incluso la vicepresidencia para el propio Uribe, evocando modelos políticos internacionales como el ruso con Putin y Medvédev.
Ante la necesidad de contrarrestar el avance de la oposición, el expresidente impulsó una ‘convergencia amplia’ que, si bien no logró su objetivo inicial de integrar a figuras como Sergio Fajardo, se materializó en la denominada ‘Gran Coalición por Colombia’. Esta alianza, presentada como un ‘experimento democrático’, fue en realidad un movimiento pragmático para unir fuerzas dispersas bajo un paraguas común, demostrando la maestría de Uribe para cohesionar intereses diversos en torno a un objetivo estratégico.
La absorción de la coalición por figuras afines a Uribe, incluyendo a Paloma Valencia, Vicky Dávila y Enrique Peñalosa, junto con el apoyo instrumental de partidos minoritarios, transformó su configuración. La inclusión de Juan Daniel Oviedo, con su propuesta de ‘diálogo entre diferentes’, aportó una pátina de novedad, aunque las bases ideológicas de sus integrantes permanecieran arraigadas en un neoliberalismo inmovilista y una clara postura anti-Petrista, consolidando un frente mediáticamente potente.
La dinámica electoral fue significativamente moldeada por la interacción de diversos actores. La exclusión de Iván Cepeda del proceso, a través de ‘argucias leguleyas’ del Consejo Nacional Electoral, y la amplificación mediática de la ‘Gran Coalición’, que contrastó con el tratamiento crítico hacia otras candidaturas, fueron factores determinantes. Esta sinergia contribuyó al triunfo de Paloma Valencia como candidata presidencial, acompañada por Oviedo, conformando una dupla con un innegable atractivo para la opinión pública.
La estrategia actual del uribismo se despliega con una táctica de ‘doble vía’, presentando dos candidatos con perfiles complementarios. Mientras Abelardo de la Espriella se posiciona para atraer a los sectores más ultraconservadores y afines a una ‘mano firme’, Paloma Valencia busca captar a los ‘neo-uribistas’ con un discurso más moderado y conciliador, el ‘corazón grande’. Esta división creativa está diseñada para maximizar la base electoral, con la expectativa de una eventual unificación de fuerzas tras la primera vuelta. Ambos, en esencia, comparten una misma visión de Estado pequeño, seguridad estricta y alineamiento con Washington.
De cara a las próximas etapas, se anticipa una intensificación de la campaña de ‘satanización’ contra el candidato opositor, Cepeda, una táctica ya conocida en el repertorio político del expresidente Uribe. Es plausible prever que las encuestas reflejen un repunte para los candidatos de este movimiento. Existe una percepción de que el Pacto Histórico y las fuerzas progresistas podrían subestimar la complejidad del escenario, confiando excesivamente en la capacidad de movilización del presidente, lo que podría, paradójicamente, eclipsar a su propio candidato y consolidar narrativas negativas.
La promesa de continuidad del actual proyecto gubernamental podría no ser suficiente para movilizar a una mayoría nacional no ideologizada. Decisiones gubernamentales recientes, aunque audaces, como la reestructuración del Banco de la República o el retiro de Colombia de tribunales de arbitramento internacional, podrían tener una ‘compleja digestión’ entre el electorado general. Para ganar la presidencia, no basta con avivar el temor al regreso del pasado; se requiere construir un relato de esperanza y visión de futuro que resuene con las aspiraciones del país.Si le ha parecido interesante este análisis, le invitamos a compartirlo y a dejar su opinión en los comentarios.





