El reciente incidente en Puerta del Sol, Madrid, donde el cantante Carlos Baute se hizo eco de cánticos racistas contra Delcy Rodríguez durante un mitin de María Corina Machado, ha encendido la alarma sobre la persistencia del ‘Racismo Estructural’ en Venezuela. Este suceso, más allá de ser un simple exabrupto, revela las profundas tensiones raciales que subyacen en una sociedad que, durante décadas, se ha aferrado al mito del mestizaje y la movilidad social ilimitada. Dicho mito, alimentado por corrientes históricas y la ilusión petrolera, ha servido para obviar que la mezcla de razas no eliminó las jerarquías de poder y prestigio.
La expresión ‘¡Fuera la mona!’, coreada en un evento de la diáspora venezolana, interpela directamente la conciencia colectiva sobre la percepción del color de piel como un marcador de estatus. Históricamente, en Venezuela, ciertas características fenotípicas han sido asociadas con inferioridad social, educativa y económica. Aunque la nación ha legislado a favor de la igualdad racial, el racismo estructural se manifiesta en el imaginario popular a través de un ‘racismo velado’, en chistes, frases coloquiales y la idealización de la ‘mejora de la raza’ a través del blanqueamiento, impidiendo una autocrítica necesaria.
La compleja composición demográfica venezolana, producto de la fusión de poblaciones indígenas, africanas y europeas, no disolvió las estructuras de poder colonial. Las élites blancas criollas han mantenido históricamente una sobrerrepresentación en los estratos socioeconómicos dominantes y en los estándares de belleza y éxito, mientras que los grupos mestizos, pardos y afrodescendientes, que constituyen la base popular del país, han cargado con el estigma del color de la piel. Esta estratificación, aunque menos explícita que en otros contextos latinoamericanos, sigue siendo una fuerza silente pero potente.
En el ámbito político, esta realidad ha sido recurrentemente instrumentalizada. Hugo Chávez, por ejemplo, capitalizó el resentimiento latente en las clases populares, construyendo una retórica anti-élite que demonizaba a la ‘oligarquía blanca’ y sus ‘escuálidos’. Irónicamente, bajo su sucesor, Nicolás Maduro, operaciones como los ‘Operativos de Liberación del Pueblo’ (OLP) dirigieron su violencia estatal desproporcionadamente contra jóvenes mestizos de barrios marginales, demostrando que la retórica antirracista no siempre se traduce en una protección efectiva o en una disolución de la discriminación subyacente.
Para la oposición, incidentes como el de Madrid conllevan un costo político considerable. No solo erosionan la credibilidad entre los sectores populares, sino que también suministran ‘munición simbólica’ al oficialismo para reforzar su narrativa victimista de clasismo. La tardía e incompleta reacción de María Corina Machado, sumada a la ambigua disculpa de Carlos Baute, subraya la necesidad de una postura más contundente y consciente sobre un tema tan sensible, evitando su manipulación.
La auténtica reconciliación nacional en Venezuela demanda una confrontación honesta con este ‘espejo incómodo’ del racismo. Este episodio ofrece una oportunidad crítica para iniciar un debate nacional constructivo sobre los prejuicios arraigados que minan la cohesión social. Ocultar el problema solo prolongará las heridas y obstaculizará la construcción de una sociedad más justa e inclusiva. El reconocimiento y la superación del racismo endógeno son pasos indispensables para forjar una nueva democracia y una verdadera unidad nacional, donde la equidad y el respeto mutuo prevalezcan, especialmente en un contexto de diáspora que ha vivido el racismo fuera de sus fronteras.
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