La propuesta de la administración de Donald Trump para que el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán asumiera la Secretaría General de la ONU, revelada originalmente por el ‘Wall Street Journal’, representó una de las maniobras diplomáticas más audaces y controvertidas de su gestión. Este inusual impulso, que buscaba un consenso entre Estados Unidos, Rusia y China, cobra una relevancia particular a medida que el segundo mandato de António Guterres se acerca a su conclusión el próximo 31 de diciembre. La posibilidad de que Viktor Orbán en la ONU ocupara un rol tan preeminente ha generado y continúa generando un intenso debate sobre el futuro del multilateralismo.
Históricamente, la elección del Secretario General de Naciones Unidas ha sido resultado de complejas negociaciones, a menudo caracterizadas por el veto y el contrapeso de las potencias. La idea de un candidato unificado por tres de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad habría marcado un precedente, redefiniendo las dinámicas de poder. El perfil político de Viktor Orbán, caracterizado por su fuerte conservadurismo y una postura crítica hacia instituciones supranacionales, lo situaría como una figura atípica para dirigir la ONU. Su historial, marcado por políticas restrictivas y una reinterpretación de principios democráticos, contrasta con el espíritu inclusivo y los valores universales que la organización suele defender.
El mecanismo de selección del Secretario General exige la recomendación del Consejo de Seguridad con al menos nueve votos favorables y, crucialmente, sin el veto de ninguno de sus cinco miembros permanentes. Posteriormente, la Asamblea General ratifica la elección. Aunque el apoyo concertado de Estados Unidos, Rusia y China eliminaría la amenaza de veto de tres potencias, la oposición de Francia y el Reino Unido, también miembros permanentes, podría aún bloquear cualquier candidatura, independientemente del respaldo trilateral inicial. Esta configuración resalta la complejidad inherente al proceso y la necesidad de un consenso más amplio de lo que inicialmente se previó.
Las motivaciones detrás del entonces gobierno de Donald Trump para promover a Orbán probablemente residían en un deseo de reformar la ONU desde adentro, alineándola con una visión más soberanista y menos comprometida con el globalismo tradicional. Un Secretario General con un enfoque similar al de Trump podría haber facilitado una agenda que priorizara los intereses nacionales por encima de los acuerdos multilaterales, desafiando el ‘statu quo’ y posiblemente debilitando ciertas funciones y agencias de la organización. Esta estrategia buscaba, en esencia, reconfigurar la arquitectura de la cooperación internacional y su impacto en la defensa de los derechos humanos y la promoción de la democracia global.
A medida que el plazo para la sucesión de António Guterres se aproxima, el recuerdo de esta propuesta de la administración Trump sirve como un recordatorio contundente de las fuerzas geopolíticas que pugnan por influir en el liderazgo de la organización más importante del mundo. La candidatura de Viktor Orbán, aunque en su momento no se concretó, subraya las complejas interacciones entre las potencias globales y los desafíos inherentes a la búsqueda de un consenso para la gobernanza del sistema multilateral en un escenario internacional cada vez más fragmentado.
Si le ha parecido interesante este análisis, le invitamos a compartirlo y a dejar su opinión en los comentarios.






