La sociedad contemporánea asiste a una inquietante redefinición de los límites éticos y morales. El filósofo Enrique Díaz Álvarez, en su reciente obra ‘Lo intolerable: repulsión, vergüenza y responsabilidad colectiva ante la crueldad contemporánea’, disecciona lo que denomina la ‘Política de la Crueldad’, un fenómeno donde las expresiones más brutales del poder se exhiben sin velo, buscando una peligrosa normalización de lo que antaño resultaba impensable. La impactante descripción inicial de un agente de ICE agrediendo a un migrante frente a su hijo no es solo una imagen, sino un poderoso símbolo de esta estrategia de insensibilización que atraviesa nuestras fronteras y conciencia.
Esta manifestación de poder no es nueva en la historia de la humanidad; la crueldad ha sido una constante. Sin embargo, lo que alarma en el presente es su deliberado exhibicionismo y la búsqueda activa de su aclimatación social. Díaz Álvarez subraya cómo episodios como el genocidio en Gaza o las políticas migratorias restrictivas, que criminalizan a quienes buscan refugio, son presentados de forma tal que deberían provocar vergüenza y repulsión, pero a menudo encuentran indiferencia. Este cambio paradigmático, de la ocultación al despliegue público, representa un desafío fundamental a las virtudes políticas tradicionales como la tolerancia.
Frente a esta escalada, el autor propone una ‘ética de lo intolerable’, un marco moral que nos impida consentir abusos de poder que dañan el tejido social. La detención de un niño migrante, por ejemplo, no puede ser ‘tragada’ sin consecuencias para nuestra propia integridad colectiva. Este imperativo va más allá de la mera compasión; es una invitación a ‘pensar con todo el cuerpo’, a sentir la incomodidad y la indignación visceral que estas injusticias provocan, activando así una necesaria responsabilidad colectiva que no delegue en otros el peso de la atrocidad.
La reflexión de Díaz Álvarez se nutre de pensadores como Michel Foucault, quien, tras ser testigo de las detenciones de 1968, desveló la ‘microfísica del poder’ en las instituciones penitenciarias. En la actualidad, este análisis se traslada a los centros de detención de migrantes, lugares donde la ‘verdadera cara del poder’ reprime y controla cuerpos vulnerables. Es imperativo, como sugirió Foucault, penetrar en esos espacios para comprender la privación de derechos, desde la alimentación hasta la atención médica, desentrañando la mecánica de la dominación autoritaria.
La dinámica del poder contemporáneo, sin embargo, se ha complejizado más allá del Estado. La emergencia de oligarcas tecnológicos y la cesión voluntaria de datos por parte de los ciudadanos configuran nuevas formas de control y vigilancia. Foucault ya advertía sobre la ‘trampa de la transparencia’, y hoy, la complacencia con la que compartimos nuestra privacidad alimenta algoritmos que nos confinan en ‘burbujas de eco’, fragmentando la percepción de la realidad y dificultando la empatía necesaria para rechazar la crueldad.
En este escenario, la noción de responsabilidad colectiva, inspirada en Hannah Arendt, se convierte en un pilar fundamental. Arendt, exiliada y apátrida, distinguió la responsabilidad de la culpa individual, enfatizando que nuestra pertenencia a un grupo nos obliga a repudiar los actos perpetrados ‘en nuestro nombre’. Este sentimiento, emparentado con la vergüenza, es un motor para la acción, para decir ‘no’ a la brutalidad ejercida con los impuestos o en el silencio cómplice de la ciudadanía.
El desafío no es menor en América Latina, donde la polarización y el ascenso de narrativas autoritarias amenazan avances democráticos y libertades. Los ataques a la universidad pública, como se ha visto en Argentina, ejemplifican la vulnerabilidad de las instituciones que fomentan el pensamiento crítico y la sensibilidad social. Es en estos espacios donde se cultiva la capacidad de resistencia, de forjar una ‘pedagogía’ que nos permita dejar de ‘fascinarnos’ por la crueldad y recuperar la indignación frente al dolor ajeno.
Frente a la ‘política de la crueldad’, la resistencia se gesta en diversas trincheras. Díaz Álvarez destaca el rol del arte y el periodismo de investigación ‘a fuego lento’ como herramientas esenciales para combatir relatos hegemónicos y xenófobos. En un ecosistema informativo saturado de ruido y simplificaciones, la narrativa profunda, el lenguaje preciso y la conexión humana a través de historias auténticas pueden restaurar la capacidad de vinculación y movilizar afectos comunes como la fraternidad, la indignación y la vergüenza, elementos cruciales para una conciencia global más humana.
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