La administración del presidente Abelardo de la Espriella ha anunciado una drástica reorientación de la estrategia de seguridad nacional, proponiendo una ambiciosa reforma legislativa para clasificar a diversas organizaciones armadas, incluyendo guerrillas y redes de narcotráfico, bajo la categoría de ‘terroristas’. Esta **política antiterrorista** marca un punto de inflexión respecto a los enfoques de paz implementados por administraciones previas, proyectando una confrontación directa y sin concesiones contra estos grupos en un contexto de escalada de violencia que el país no experimentaba en la última década.
El ministro del Interior, Rodrigo Lara, ha detallado la preparación de un ‘estatuto antiterrorista’ que busca establecer herramientas jurídicas sin precedentes en el país. Esta iniciativa, cuya formulación evoca paralelismos con legislaciones implementadas en Estados Unidos post-11S, no solo busca definir ‘qué es una organización terrorista’, sino también construir una lista oficial de entidades sujetas a esta designación. La amplitud de esta propuesta, que sugiere incluir desde grupos armados tradicionales hasta presuntos responsables de incendios forestales, plantea interrogantes significativos sobre la delimitación entre criminalidad organizada y terrorismo, una distinción crucial en el derecho internacional humanitario.
La alusión a una ‘reforma a lo Trump’ no es meramente retórica; subraya una estrategia que busca emular la flexibilidad y el alcance extraterritorial que la designación estadounidense de grupos terroristas confiere. Esta clasificación permite a Washington extender sus operaciones de inteligencia, policiales y contrainsurgencia, un modelo que el presidente de la Espriella aspira a replicar con el apoyo explícito de Estados Unidos. La sinergia entre ambos países en esta materia podría, efectivamente, robustecer la capacidad operativa del Estado colombiano, pero también podría acarrear complejidades en la observancia de protocolos internacionales sobre conflictos armados y en la protección de poblaciones civiles.
La drástica modificación de la política de seguridad contrasta marcadamente con los esfuerzos de ‘paz total’ impulsados por la administración del expresidente Gustavo Petro, que buscaban la desmovilización y el sometimiento a la justicia de guerrillas y narcotraficantes. La actual presidencia argumenta que tales aproximaciones resultaron insuficientes frente al recrudecimiento de la violencia y la sofisticación de las estructuras criminales. Sin embargo, este viraje hacia una categorización más punitiva y militarizada conlleva el riesgo de cerrar espacios para el diálogo y la negociación, elementos considerados esenciales para una paz duradera en un conflicto de raíces tan profundas y multifacéticas.
La amplia definición propuesta para ‘organización terrorista’ y la sugerencia de incluir a individuos detrás de desastres naturales como los incendios y el reciente terremoto, bajo la premisa de ‘distraer’ a la fuerza pública, abre un debate crítico sobre los límites del poder estatal y las garantías individuales. Expertos en derechos humanos y derecho internacional advierten sobre el riesgo de una criminalización excesiva que podría erosionar la distinción entre activismo, delincuencia común y terrorismo, diluyendo la responsabilidad del Estado en proteger a sus ciudadanos y aumentando la posibilidad de abusos bajo el amparo de una legislación extraordinariamente amplia. La vigilancia internacional sobre la aplicación de este estatuto será indispensable.Si le ha parecido interesante este análisis, le invitamos a compartirlo y a dejar su opinión en los comentarios.






