La política exterior de Estados Unidos hacia América Latina durante el segundo mandato de Donald Trump se ha cimentado sobre una base de pragmatismo coercitivo, generando un alineamiento regional con los intereses de Washington. Este enfoque, marcado por la amenaza y el uso de la fuerza, ha sido calificado internamente como un ‘éxito’ estratégico, principalmente en su objetivo de contener la creciente influencia de China en el hemisferio. La ‘política exterior de Trump’ ha demostrado una disposición sin precedentes a desafiar normas diplomáticas tradicionales, con casos como Panamá y Venezuela sirviendo de claros paradigmas de esta nueva dinámica.
El caso de Panamá ilustra la contundencia de esta estrategia. Ante la supuesta expansión del control chino sobre el Canal, un activo geoestratégico vital, Estados Unidos recurrió a advertencias severas, incluso insinuando una intervención. La respuesta panameña fue inequívoca: la cancelación, por vía judicial, de la concesión portuaria de una empresa china en Balboa y Cristóbal. Además, Panamá se retiró de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, a la cual se había adherido en 2017. Esta reversión estratégica, ejecutada por un aliado histórico de Washington, subraya la eficacia de la presión estadounidense, a costa, quizás, de la soberanía económica de naciones más pequeñas.
En Venezuela, la intervención estadounidense adoptó una forma aún más drástica. Acusaciones de ‘secuestro’ presidencial y una presión implacable marcaron la relación bilateral. Sin embargo, el objetivo principal de la administración Trump no residía en la promoción de la democracia o los derechos humanos, sino en asegurar que China no continuara beneficiándose del vasto recurso petrolero venezolano. Actualmente, Estados Unidos ejerce un control significativo sobre el negocio del petróleo en Venezuela, reconfigurando no solo la economía energética de la nación caribeña sino también la balanza de poder regional en detrimento de la influencia asiática.
Más allá de las acciones directas, el impacto de la administración Trump se ha manifestado en el panorama político latinoamericano. Pese a una creciente desconfianza global hacia Estados Unidos, documentada por el Pew Research Center, el discurso de ‘orden y seguridad’ propugnado por Trump ha resonado profundamente en las sociedades de la región. Este alineamiento ideológico ha facilitado la llegada al poder de figuras como Abelardo de la Espriella en Colombia o Keiko Fujimori en Perú, quienes comparten afinidades con la agenda de Washington. En situaciones donde la adhesión popular no fue suficiente, como en Honduras con Nasry Asfura, se evidenciaron denuncias de intervención electoral explícita para asegurar resultados favorables a los intereses estadounidenses.
La doctrina Trump en América Latina revela una ausencia de distinción entre aliados y adversarios, aplicando medidas coercitivas como aranceles, incluso a socios tradicionales. Este enfoque ha socavado principios fundamentales del derecho internacional, como la no intervención en asuntos internos de estados soberanos, preceptos cuya defensa ha sido ardua y persistente. No obstante, la región, ya sea por temor a las represalias o por una reevaluación estratégica de sus intereses, parece orientarse cada vez más hacia la órbita de Washington, redefiniendo las relaciones hemisféricas bajo un nuevo paradigma de poder donde la pragmática prevalece sobre los valores democráticos y la cooperación multilateral.Si le ha parecido interesante este análisis, le invitamos a compartirlo y a dejar su opinión en los comentarios.






