La ‘Colección Gelman’, un acervo de arte moderno mexicano de valor incalculable, se ha convertido en el epicentro de una compleja controversia que trasciende las esferas cultural y financiera, alcanzando dimensiones de Estado. Desde el anuncio de su cesión temporal al Banco Santander para una exposición en España, la polémica ha escalado significativamente, forzando la intervención de la presidenta Claudia Sheinbaum. Este intrincado escenario revela las tensiones inherentes entre la protección del patrimonio nacional y las dinámicas del mercado del arte global, especialmente cuando obras de artistas como Frida Kahlo y Diego Rivera, blindadas por estrictas leyes de patrimonio, son parte de complejas operaciones de financiamiento internacional.
La adquisición de esta emblemática colección por parte de Marcelo Zambrano, miembro de la poderosa familia industrial Zambrano (propietaria de Cemex), marcó el inicio de esta intriga. A finales de 2020, el empresario se hizo con una parte sustancial de la ‘Colección Gelman’, que ya arrastraba décadas de historia con cierto halo de misterio. Este movimiento se inserta en una tendencia global donde grandes fortunas invierten en arte no solo por pasión cultural, sino también como activos financieros de alto valor, a menudo buscando optimización de capital a través de préstamos garantizados por dichas obras, una práctica común pero que adquiere particular sensibilidad cuando afecta al patrimonio artístico de una nación.
Un elemento crucial en este entramado es el préstamo de 150 millones de dólares que el Banco Santander concedió a Marcelo Zambrano apenas una semana antes del anuncio público de la cesión. Este crédito, que refinancia uno anterior de Sotheby’s, utiliza 156 obras de la colección, valoradas en 356 millones de dólares, como garantía hipotecaria con un plazo de 12 años y medio. Si bien fuentes cercanas a la operación insisten en la existencia de mecanismos para evitar que el banco adquiera la propiedad en caso de impago, la naturaleza de este acuerdo abre una puerta teórica a dicha eventualidad, lo que alimenta la preocupación sobre la permanencia de un segmento vital del arte mexicano en manos nacionales.
La legislación mexicana, particularmente las declaratorias de ‘Monumento Artístico Nacional’ que protegen a artistas clave como Frida Kahlo, Diego Rivera, José Clemente Orozco o David Alfaro Siqueiros, es el pilar central de esta disputa. Estas normativas restringen severamente la exportación definitiva de dichas obras, e incluso obligan a las autoridades a procurar su repatriación. La percepción de una mayor laxitud por parte del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) en este caso, comparada con precedentes históricos, ha provocado un intenso debate entre el sector artístico y cultural, generando un precedente que, según críticos, podría ser invocado por otros coleccionistas.
El sector artístico mexicano ha expresado un profundo descontento, no solo por la aparente opacidad en la gestión de este acuerdo, sino también por el temor a la fragmentación de la colección, contraviniendo el deseo original del matrimonio Gelman de mantenerla unida y dentro de México. Más allá de los dos años de permiso de exportación temporal confirmados, la preocupación se centra en la fragilidad de las obras ante constantes traslados y, fundamentalmente, en la debilidad de las políticas públicas para salvaguardar el patrimonio moderno frente a las presiones del mercado global. Las valoraciones desorbitadas de obras protegidas, inmovibles en el mercado nacional pero codiciadas internacionalmente, exponen una asimetría económica compleja.
En este contexto, la decisión de posponer la exhibición inaugural en el Faro Santander en Cantabria, originalmente prevista para el verano en plena euforia mundialista, es una clara señal de la sensibilidad política de la situación. La reprogramación busca evitar una imagen desfavorable para el gobierno mexicano, enfatizando la supervisión del INBAL y el retorno garantizado de las obras en 2028. Sin embargo, la promesa de retornos bienales para reevaluar el estado de las obras no ha logrado apaciguar del todo a los críticos, quienes ven en estos movimientos una estrategia para legitimar una operación que, a su juicio, compromete la integridad del patrimonio cultural.
Adicionalmente, la estrategia comercial se extiende más allá de la exhibición física y los préstamos financieros. Entre finales del año pasado y principios de este, se han presentado solicitudes para registrar la marca ‘Colección Gelman’ en la Unión Europea, México y Estados Unidos. Este registro, gestionado por las empresas de Zambrano, busca proteger el uso comercial de la marca en un amplio espectro de actividades, desde la impresión de material gráfico y libros hasta la explotación de archivos digitales autenticados mediante ‘tokens’ y la organización de eventos culturales o servicios educativos, denotando una visión a largo plazo para la monetización de este patrimonio.
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