La reciente partida de Rossana Reguillo, académica y pensadora fundamental, deja un vacío inmenso en el panorama intelectual latinoamericano. Reconocida como una perspicaz narradora del horror contemporáneo en México, Reguillo dedicó su vida a desentrañar las complejidades de la violencia organizada y sus ramificaciones sociales. Su ‘Voz Crítica’ fue indispensable para comprender cómo la barbarie se enraíza en el tejido social, especialmente en un país asolado por la criminalidad y la impunidad, donde fenómenos como la caída de figuras del crimen organizado, como ‘El Mencho’, desencadenan nuevas olas de desasosiego y reconfiguraciones de poder.
Doctora en Ciencias Sociales y profesora emérita del ITESO, la obra de Reguillo trascendió las fronteras académicas, ofreciendo un enfoque intergeneracional e interdisciplinario único. Su habilidad para conectar la antropología urbana con el análisis de la comunicación y la sociología le permitió ofrecer lecturas profundas sobre las dinámicas del miedo, la resistencia y la construcción de identidades en contextos de extrema violencia. Su trabajo no solo documentaba, sino que también contextualizaba la desolación, buscando siempre las causas estructurales detrás de los hechos que sacudían a la sociedad mexicana.
Una de sus contribuciones más significativas fue el libro ‘Necromáquina, cuando morir no es suficiente’ (2021), donde articuló la violencia no como una serie de eventos aislados, sino como un sistema intrincado donde la producción de cadáveres se integra al orden económico y político del crimen organizado. En esta obra, Reguillo exploró las ‘gramáticas’ y ‘caligrafías’ del horror, pero también identificó las ‘contramáquinas’: las formas de resistencia civil, como los colectivos de madres buscadoras, a quienes dedicó gran parte de su solidaridad y análisis, entendiendo su labor como una interrupción vital en el flujo de la necropolítica.
La preocupación de Rossana Reguillo por la juventud y su capacidad de agencia se manifestó tempranamente en ‘Ciudadano N, crónicas de la diversidad’ (2003) y se profundizó con el análisis de los movimientos digitales. Fue una de las primeras en reconocer el potencial transformador de #YoSoy132 en 2012, no como una moda pasajera, sino como la expresión de una generación emergente que, armada con herramientas tecnológicas, irrumpía en la agenda pública para demandar rendición de cuentas. Su obra ‘Paisajes insurrectos, jóvenes, redes y revueltas en el otoño civilizatorio’ (2017) consolidó su visión sobre las insurrecciones 2.0 y su impacto en la democracia contemporánea.
Su compromiso con la verdad y la transparencia la llevó a liderar el proyecto Signa Lab, una iniciativa pionera en el análisis de conversaciones digitales y la manipulación de la agenda pública desde las redes sociales. Los hallazgos de Signa Lab, que a menudo desnudaban estrategias de desinformación e intromisión política, generaron incomodidad en esferas de poder, llegando incluso a un veto por parte de Morena ante el Instituto Nacional Electoral en 2024. Este incidente, que Reguillo enfrentó con su característica elegancia y firmeza, subrayó la importancia de la investigación académica independiente frente a los intentos de censura política.
Rossana Reguillo fue una intelectual que nunca se rindió ante la complejidad del horror. Su legado reside en su capacidad para darle nombre y palabras a la barbarie, en su incansable búsqueda de la verdad y en su profunda empatía con las víctimas. Deja una impronta imborrable en el estudio de la violencia, la cultura digital y los movimientos sociales, inspirando a futuras generaciones a mirar con ojos críticos y corazón compasivo las realidades más desgarradoras. Su obra sigue siendo un faro para comprender y, quizá algún día, trascender las sombras de nuestro tiempo.
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