El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) ostenta un poder político sin precedentes en México, controlando presidencia, Congreso y la mayoría de gobiernos estatales. Sin embargo, tras esta fachada de hegemonía, persiste una ansiedad que contradice su dominio. Lejos de la serenidad esperable, Morena exhibe un comportamiento expansivo y retórica confrontacional constante, sugiriendo una conciencia de la fragilidad oculta que subyace a su impresionante aparato electoral.
Esta aparente fortaleza esconde debilidades estructurales, especialmente a nivel municipal. Desde 2018, el partido ha perdido, en promedio, el 49% de los municipios que conquista tras un solo periodo, cifra que se agudizó al 58% en 2025. Este patrón de alternancia local expone una incapacidad para transformar el capital político inicial en gobernabilidad efectiva y satisfacción ciudadana, crucial para la consolidación de su proyecto.
Las administraciones estatales de Morena también enfrentan desafíos. Sus gobernadores suelen tener evaluaciones inferiores a las de sus contrapartes opositoras, extendiéndose a la mejora de servicios públicos. Esto sugiere que la maquinaria electoral del partido es más robusta que su capacidad de gestión, generando descontento que podría erosionar su base de apoyo en futuros ciclos.
Una deficiencia crítica de Morena radica en la ausencia de una clase política propia y sólida. Un 28% de sus legisladores son ‘chapulines’ –políticos con antecedentes en otros partidos, predominantemente el PRI. Al sumar a sus aliados (PVEM y PT), los militantes ‘de cepa’ apenas constituyen el 36% del Congreso. Esta dependencia de cuadros externos debilita la cohesión ideológica y la lealtad interna, introduciendo heterogeneidad y posibles divisiones.
La formación de nuevos liderazgos representa un punto vulnerable. El Instituto Nacional de Formación Política de Morena, concebido como semillero, no ha logrado cumplir su objetivo. Sus programas se centran en materias teóricas como el marxismo o la vida y obra del expresidente, descuidando la preparación práctica esencial para la gestión pública y la competencia. Esta omisión obstaculiza el desarrollo de una élite política orgánica a largo plazo.
La expansión territorial del partido, impresionante en sus inicios, ha mostrado signos de desaceleración. Entre 2018 y 2023, Morena promedió cuatro gubernaturas anuales; desde 2023, esta cifra se redujo a solo una. Proyecciones sugieren que 2027 podría marcar un punto de inflexión, enfrentando la posibilidad de perder gobiernos estatales. Ha encontrado ‘muros’ electorales en Durango y Coahuila, un contraste con la facilidad de dominio mostrada en años pasados.
Finalmente, las divisiones internas amenazan con socavar la unidad partidista. La elección judicial expuso fracturas significativas y el rechazo a ciertas reformas clave. La creciente autonomía de aliados como el Partido Verde, compitiendo en solitario en varias entidades, subraya una fragmentación de la coalición. Estas tensiones son la manifestación más palpable de una fortaleza erigida rápidamente, pero cuyos cimientos no son tan sólidos como parecen desde el exterior.
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