La agencia calificadora Moody’s ha puesto de manifiesto una ‘preocupación’ creciente entre inversionistas globales respecto al desempeño económico de México. Según Ariane Ortiz Bollin, vicepresidenta oficial del crédito senior en Moody’s, el país ha mantenido un `Bajo Crecimiento Económico` durante varias décadas, oscilando entre el 2% y el 3%, y más recientemente, se ha moderado a un preocupante 1%. Esta tendencia es particularmente alarmante si se considera la necesidad de generar oportunidades para una población joven y en constante crecimiento, aspecto crucial para la estabilidad social y la productividad futura.
El estancamiento en las tasas de crecimiento no solo impacta la capacidad del Estado para satisfacer las demandas de sus ciudadanos, sino que también dificulta la acumulación de recursos fiscales suficientes para invertir en infraestructura crítica, un pilar fundamental para el desarrollo sostenible. A esto se suma el desafío de la estabilización de la deuda pública; una ecuación donde déficits fiscales persistentes y bajo crecimiento conducen inevitablemente a un aumento de la deuda y, consecuentemente, a una disminución de la confianza del inversor. Si bien Moody’s aclara que no se trata de una ‘crisis’ inminente, la dirección de la tendencia económica sí es considerada negativa.
Paralelamente, el entorno global de tasas de interés al alza agrava los desafíos de financiamiento tanto para gobiernos como para empresas. La experta de Moody’s explica que un desequilibrio entre las mayores necesidades de inversión global y el ahorro disponible ha elevado los costos de endeudamiento a nivel mundial. Este escenario implica que los inversionistas exigen mayores rendimientos incluso para activos tradicionalmente considerados de bajo riesgo, como los bonos del Tesoro de Estados Unidos, trasladando este efecto a los costos de financiamiento en economías emergentes como la mexicana, independientemente de su calificación crediticia, que en el caso de México es ‘Baa3’ con perspectiva Estable.
La fragmentación geopolítica post-pandemia ha reconfigurado las prioridades de inversión, situando la seguridad en el acceso a energía, tecnología e insumos estratégicos por encima del mero costo operativo. Esta reorientación propicia una oportunidad única para la región de Norteamérica, que puede capitalizar su proximidad geográfica para fortalecer las cadenas de suministro. Sin embargo, persisten diferencias de intereses y prioridades entre los países de la región que requieren una coordinación estratégica para maximizar este potencial y consolidar una integración económica más profunda y resiliente.
A este panorama se suma el acelerado desarrollo de la Inteligencia Artificial y la creciente demanda de producción de semiconductores, elementos que configuran una revolución tecnológica con implicaciones transformadoras. Esta era digital exige inversiones masivas en infraestructura y capital humano especializado. México se encuentra en una coyuntura donde puede atraer una parte significativa de estas inversiones, pero su éxito dependerá críticamente de la disponibilidad de recursos como electricidad confiable, infraestructura digital avanzada y personal calificado, así como de abordar limitaciones históricas en materia de agua e infraestructura general.
Especialistas convocados por la American Society/Council of the Americas (AS/COA) en su 5ª Convención Binacional México-Estados Unidos, coincidieron en la urgencia de fortalecer la infraestructura, el capital humano y las condiciones regulatorias. José Carlos Sánchez de HSBC y Iván Arias de Banamex enfatizaron la necesidad de ‘seguridad regulatoria’ y un marco legal robusto para la protección de derechos, crucial para decisiones de inversión a largo plazo. La restauración de la confianza de los inversionistas, mediante estrategias consistentes y un ‘Plan México’ que mapee necesidades sectoriales, fue señalada como un eje central para capitalizar las oportunidades de regionalización.
Finalmente, la representante del Banco Interamericano de Desarrollo en México, Laura Ripant, subrayó la importancia de acelerar la inversión en infraestructura crítica, haciendo hincapié en su resiliencia ante el cambio climático. Estos elementos, combinados con una política económica predecible y orientada a la eficiencia, serán decisivos para que México pueda revertir la tendencia de bajo crecimiento y asegurar su posición competitiva en una economía global cada vez más dinámica y exigente. El desafío es transformar la preocupación actual en un catalizador para un desarrollo económico sostenido y equitativo.
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