El cientificismo, esa confianza excesiva en la ciencia como única fuente de
conocimiento válido, ha perdido fuerza en las últimas décadas. Pensadores
como Thomas Kuhn, Karl Popper y Paul Feyerabend demostraron que la
ciencia no avanza de manera lineal hacia verdades absolutas, sino a través de
cambios de paradigma, correcciones y, en ocasiones, revoluciones que
descartan lo que antes se daba por seguro. Esto nos obliga a cuestionar la idea
de que existen “leyes científicas” inmutables, como si fueran mandatos eternos
de la naturaleza. En realidad, son modelos útiles, pero siempre provisionales y
sujetos a revisión.
La ciencia no opera en un vacío neutral. Autores como Bruno Latour y Nancy
Cartwright han mostrado que el conocimiento científico está influenciado por
factores sociales, económicos e incluso culturales. Los laboratorios no son
templos de pureza intelectual, sino espacios donde interactúan intereses,
tecnologías y limitaciones prácticas. Cartwright, en particular, argumenta que
las supuestas “leyes de la naturaleza” no son descripciones literales de la
realidad, sino herramientas que funcionan en contextos específicos. Esto no
desacredita a la ciencia, pero sí nos invita a verla con menos dogmatismo.
El problema del cientificismo es que menosprecia otras formas de
conocimiento. La filosofía, el arte, las humanidades e incluso las tradiciones
ancestrales ofrecen saberes que la ciencia no puede capturar con sus
métodos. Feyerabend defendió el pluralismo epistemológico, señalando que no
hay un único camino hacia la verdad. Si la ciencia ya no puede reclamar un
monopolio sobre el conocimiento, entonces su autoridad debe ser más
modesta y dialogante, reconociendo sus límites y valorando otros enfoques.
En conclusión, la ciencia es una de las herramientas más poderosas que
hemos desarrollado para entender el mundo, pero no es infalible ni exclusiva.
Las críticas de Kuhn, Popper, Latour y otros nos recuerdan que el conocimiento
es un proceso dinámico, no un conjunto de verdades fijas. En lugar de caer en
el cientificismo, debemos adoptar una visión más humilde: “una que valore el
rigor científico sin convertirlo en dogma, y que esté abierta a otras formas de
sabiduría”. La verdad no tiene un solo método, y aceptarlo nos enriquece.
El autor (Starling Villar) es Microbiólogo de la Escuela de Microbiología y
Parasitología de la Facultad de ciencias de la UASD y auxiliar de investigación
de CIBIMA-IBC.





