La gobernanza global del fútbol enfrenta un punto de inflexión sin precedentes a medida que la lucha por el control de la Fédération Internationale de Football Association (FIFA) se intensifica. Este conflicto, denominado por algunos como la ‘Guerra por la FIFA’, no solo representa una pugna administrativa, sino un choque geopolítico y económico de vastas proporciones. Históricamente, Europa ha ostentado una influencia desproporcionada en las estructuras que rigen el balompié, a menudo dictando las normativas y visionando el futuro del deporte rey desde sus tradicionales centros de poder. Sin embargo, la actual coyuntura muestra una fragmentación que desafía este orden preestablecido, con ramificaciones que prometen redefinir el liderazgo deportivo global.
El epicentro de esta contienda se situará en Rabat, Marruecos, el 18 de marzo de 2027, fecha en que los 211 miembros de la FIFA emitirán su voto para elegir al próximo presidente. Esta elección, más allá de ser un mero trámite democrático, se perfila como una batalla estratégica donde cada sufragio será objeto de intensas negociaciones y complejas alianzas. El presidente actual, Gianni Infantino, se encuentra en el ojo del huracán, enfrentado a una coalición liderada principalmente por la Unión Europea de Fútbol (UEFA), que busca recuperar el control que, consideran, se ha desviado de sus intereses históricos. La dinámica de esta votación secreta añade un componente de imprevisibilidad, haciendo que los anuncios públicos de apoyo no siempre se traduzcan en votos efectivos, como ya se ha visto en elecciones anteriores de sedes mundialistas.
Infantino asumió la presidencia en 2016, tras el escándalo del FIFAgate, con la promesa de restaurar la integridad y la transparencia en la organización. Su ascenso, que implicó superar a figuras arraigadas como Salman bin Ibrahim Al-Jalifa, fue inicialmente percibido como un soplo de aire fresco necesario para limpiar la imagen de la institución manchada por la corrupción. Durante su primer mandato y reelecciones iniciales, logró consolidar cierto respaldo, capitalizando la necesidad de estabilidad post-crisis y presentando una visión de expansión global del fútbol, particularmente con la introducción de un Mundial de 48 equipos que prometía mayores ingresos y oportunidades para más naciones.
Sin embargo, su gestión no ha estado exenta de polémicas, particularmente tras el Mundial de Catar 2022. La crítica se ha centrado en decisiones unilaterales y en su percibida cercanía con ciertas figuras políticas globales, así como en la propuesta de vender una parte significativa de los derechos de la Copa del Mundo a entidades privadas. Estas acciones han generado una profunda indignación, especialmente en Europa, que ve en ellas una amenaza a la autonomía y la ética del deporte. La UEFA, junto con otras confederaciones, interpreta estas maniobras como una desviación de los principios fundamentales de gobernanza deportiva, lo que ha cristalizado la oposición actual contra su liderazgo.
La actual división geográfica de apoyos es compleja y volátil. Mientras Europa, junto con Asia y la mayor parte de la CONCACAF, parece perfilarse en contra de Infantino, el presidente cuenta con el respaldo de federaciones de África, Oceanía y Sudamérica, además de países clave como México. Esta configuración refleja una estrategia deliberada de Infantino para construir una base de poder fuera de las tradicionales influencias europeas, ofreciendo a estas regiones una mayor voz y participación en los beneficios del fútbol mundial. La ‘diplomacia del fútbol’, con promesas de mayor representación y proyectos específicos, se convierte en un arma crucial en esta batalla por los votos, donde la lealtad continental puede ser efímera frente a los intereses nacionales individuales.
A pesar de la aparente desventaja numérica inicial, la experiencia de Infantino como negociador y su capacidad para operar en diversos contextos culturales y lingüísticos le otorgan una ventaja considerable. Su fluidez en seis idiomas, incluido el árabe, le permite establecer conexiones directas y personales con líderes de federaciones cruciales, una habilidad subestimada en el complejo panorama geopolítico del fútbol. La percepción de que Infantino representa a las federaciones menos influyentes, a las que él mismo denomina ‘el tercer mundo’ del fútbol, las cuales se sienten más valoradas e integradas bajo su mandato, podría ser decisiva. Esta estrategia contrasta con la visión más centralizada que a menudo se atribuye a los poderes fácticos europeos.
Mirando hacia adelante, los posibles contendientes que podrían desafiar a Infantino incluyen figuras como Salman bin Ibrahim, su antiguo rival, y Victor Montagliani, presidente de la CONCACAF, quien podría capitalizar el apoyo de su región. Sin embargo, cualquier candidato deberá presentar una plataforma que no solo seduzca a las confederaciones descontentas, sino que también ofrezca una alternativa creíble y unificadora a la visión global de Infantino. La ‘Guerra por la FIFA’ está lejos de una resolución predecible, y el resultado del 18 de marzo de 2027 determinará no solo el futuro de un presidente, sino la dirección que tomará el fútbol mundial en las próximas décadas.Si le ha parecido interesante este análisis, le invitamos a compartirlo y a dejar su opinión en los comentarios.




