Wednesday, February 18, 2026
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¿Es lo mismo ser Asperger que autista?

La historia de las palabras que usamos para hablar de la mente humana es también la historia de cómo entendemos la diferencia. En pocas décadas, términos que parecían claros han cambiado de significado, han desaparecido de los manuales médicos o se han convertido en banderas identitarias para muchas personas.

En ese terreno, pocas preguntas generan tanta confusión como esta: ¿es lo mismo ser Asperger que ser autista? La duda no es solo médica. Es cultural, histórica y emocional, porque toca diagnósticos, identidades y formas de estar en el mundo. En la actualidad, el autismo y el síndrome de Asperger en los adultos está más presente que nunca, por tanto es casi una labor social conocer si son o no lo mismo.

Un término que nació en un contexto histórico concreto

El llamado “síndrome de Asperger” debe su nombre al pediatra austríaco Hans Asperger, que en los años cuarenta describió a niños con dificultades sociales, intereses muy intensos y un lenguaje aparentemente fluido. Durante mucho tiempo, esas características se interpretaron como algo distinto del autismo “clásico”, que se asociaba a mayores dificultades comunicativas y a necesidades de apoyo más visibles.

Así, el término Asperger se popularizó como una especie de categoría intermedia: personas con rasgos autistas, pero sin discapacidad intelectual y con habilidades verbales desarrolladas. En la cultura popular, incluso llegó a convertirse en un estereotipo: el “genio excéntrico”, el niño brillante pero socialmente torpe, el adulto con hiperfocos.

Pero la ciencia no funciona bien con fronteras tan rígidas.

Fuente: ChatGPT

Entonces… ¿es lo mismo ser Asperger que ser autista?

La respuesta, hoy, es clara: Asperger forma parte del espectro autista.

En los manuales diagnósticos más utilizados, como el DSM-5 (publicado en 2013), el síndrome de Asperger dejó de existir como diagnóstico separado. En su lugar, se adoptó una categoría única: trastorno del espectro autista (TEA).

Esto significa que, desde el punto de vista clínico actual, alguien que antes habría recibido el diagnóstico de Asperger se considera dentro del espectro autista y, en muchos casos, podría encajar en lo que se denomina TEA de nivel 1 (personas que requieren apoyo, pero en menor grado que otros perfiles del espectro). Sin embargo, no se trata de una equivalencia exacta, porque las necesidades pueden variar mucho de una persona a otra.

No se trata de dos condiciones distintas, sino de una misma realidad diversa, expresada de formas diferentes.

Por qué se eliminó el diagnóstico de Asperger

La decisión no fue caprichosa. Durante años, los especialistas observaron un problema: no había una línea clara que separara Asperger del autismo.

Dos profesionales podían evaluar a la misma persona y dar diagnósticos diferentes. En algunos países se usaba Asperger con frecuencia; en otros, casi nunca. Además, muchas personas cambiaban de etiqueta con el tiempo, sin que su funcionamiento real hubiera cambiado.

La investigación también mostró que las diferencias eran más de grado que de naturaleza: dificultades sociales, patrones repetitivos, sensibilidad sensorial, necesidad de rutinas… todo eso aparecía en ambos casos.

Por eso, el modelo de espectro resultó más coherente: no hay dos cajas, sino un continuo de perfiles.

Portada del DSM-5-TR.

El espectro: una palabra que a veces se malinterpreta

Cuando se dice “espectro autista”, algunas personas imaginan una escala simple, como si existiera un extremo “leve” y otro “grave”. Pero el espectro no es una línea recta: es más parecido a un mapa con múltiples dimensiones.

Una persona puede necesitar poco apoyo en el lenguaje, pero mucho en lo sensorial. Otra puede tener gran autonomía diaria, pero sufrir un agotamiento social enorme. Otra puede no hablar, pero comunicarse de forma rica por otros medios.

Por eso, hablar de espectro es reconocer que el autismo no es una sola forma de ser, sino muchas combinaciones posibles.

La identidad: por qué mucha gente sigue diciendo “Asperger”

Aunque el diagnóstico haya desaparecido en los manuales, el término sigue vivo. Y no solo por costumbre.

Muchas personas diagnosticadas antes de 2013 se identificaron durante años como “Aspies”, encontraron comunidad, explicaron su experiencia con esa palabra y la sienten parte de su historia personal.

Además, durante mucho tiempo se usó Asperger como una etiqueta menos estigmatizada que “autismo”, lo cual también dejó huella cultural. Para algunos, decir Asperger parecía más aceptable socialmente, aunque esa diferencia sea problemática.

Hoy existe un debate dentro de la propia comunidad: hay quienes prefieren mantener el término, y quienes lo rechazan por su historia o porque creen que refuerza divisiones artificiales dentro del espectro.

Diferencias reales: perfiles distintos dentro de lo mismo

Aunque Asperger y autismo no sean diagnósticos separados, sí es cierto que existen perfiles que tradicionalmente se asociaban a Asperger:

  • Desarrollo temprano del lenguaje sin retraso significativo
  • Intereses intensos y especializados
  • Dificultades sociales más sutiles
  • Diagnóstico más tardío, sobre todo en adultos
  • Alta capacidad de “camuflaje” social

Pero estos rasgos no definen una condición distinta. Son variaciones dentro del espectro.

De hecho, muchas mujeres autistas fueron ignoradas durante años precisamente porque no encajaban en el estereotipo masculino del Asperger: aprendían a imitar, a pasar desapercibidas, a pagar el precio del agotamiento interno.

¿Todos los autistas son Asperger?

La respuesta es no. Y aquí es donde suele aparecer el mayor malentendido.

Si hemos visto que Asperger forma parte del espectro autista, eso no significa que todo el espectro encaje en lo que antes se llamaba Asperger. El espectro incluye perfiles muy diversos: personas con discapacidad intelectual asociada, personas no verbales, personas con grandes necesidades de apoyo en la vida diaria, y otras con alta autonomía.

El antiguo diagnóstico de Asperger se utilizaba para describir a quienes no presentaban retraso en el lenguaje ni discapacidad intelectual significativa. Pero muchas personas autistas no encajaban en esa descripción. Por eso, afirmar que “todos los autistas son Asperger” implicaría reducir el espectro a un único perfil y dejar fuera a una parte muy amplia de la realidad.

El modelo actual reconoce precisamente lo contrario: el autismo es una categoría amplia y heterogénea, y el antiguo Asperger era solo una forma concreta dentro de ella. Entender esta diferencia ayuda a evitar jerarquías implícitas y comparaciones que no tienen base clínica.

Más allá de las etiquetas: lo importante es el apoyo

La cuestión central no debería ser qué palabra usamos, sino qué necesita cada persona.

El enfoque actual intenta abandonar jerarquías implícitas (“autismo de alto o bajo funcionamiento”) y centrarse en niveles de apoyo, porque una misma persona puede necesitar cosas diferentes según el contexto y el momento de su vida.

El autismo no es solo una lista de déficits. También implica formas distintas de percepción, atención, sensibilidad y procesamiento del mundo. Comprender eso requiere salir de categorías rígidas y escuchar experiencias reales.

Una pregunta que abre otra más profunda

Así que no: no es diferente ser Asperger que ser autista, porque Asperger es una forma histórica de nombrar un perfil dentro del espectro. Pero la pregunta revela algo importante: todavía estamos aprendiendo a hablar del autismo sin simplificarlo, sin dividirlo en etiquetas cómodas, sin convertirlo en caricatura.

Quizá el verdadero cambio no está en los manuales, sino en la sociedad: entender que el espectro no es una frontera, sino una diversidad humana que siempre ha estado ahí, esperando un lenguaje más justo para ser reconocida.

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