El reciente colapso parcial del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) en Cuba, que sumió a cerca de 4.5 millones de habitantes en la oscuridad y afectó a siete provincias desde Pinar del Río hasta Cienfuegos-Matanzas el pasado sábado, 1 de agosto, pone de manifiesto una vez más la profunda vulnerabilidad de la infraestructura energética de la isla. Este evento, calificado como una ‘desconexión parcial’, no solo interrumpió la vida cotidiana de la mitad del país, sino que también reaviva el debate sobre la sostenibilidad del modelo energético cubano en medio de una crisis prolongada. El ‘Colapso Energético’ que sufre la nación es una manifestación patente de fallas estructurales.
La situación se agrava al considerar que este incidente ocurrió en un contexto de apagones programados que ya anticipaban dejar hasta un 67% del territorio sin servicio. Los pronósticos de la Unión Eléctrica (UNE) para esa jornada, con una demanda máxima de 3.200 megavatios (MW) frente a una capacidad de generación de apenas 1.080 MW, revelan un déficit crónico de 2.120 MW. Este desequilibrio estructural subraya la incapacidad del sistema para satisfacer las necesidades básicas de la población y la industria, una realidad que ha persistido debido a décadas de infrafinanciación y la falta de modernización tecnológica en las plantas de generación.
La raíz de esta precariedad se encuentra en la obsolescencia de las unidades de generación. Diez de las dieciséis unidades operativas del SEN permanecen fuera de servicio, muchas de ellas termoeléctricas que, aunque responsables del 40% del mix energético y dependientes del crudo nacional, están paralizadas por averías y mantenimientos postergados. Adicionalmente, el 40% del mix que solía provenir de generadores de diésel y fueloil importado está inoperativo, no solo por la escasez de divisas que el gobierno cubano experimenta desde antes de 2026, sino también por el impacto directo del denominado ‘bloqueo petrolero’ impuesto por Estados Unidos, una medida que estrangula las capacidades de importación de combustibles esenciales.
Si bien el 20% restante de la matriz energética se complementa con gas y fuentes renovables, principalmente solar con el apoyo tecnológico de China, su escala es insuficiente para compensar el déficit monumental generado por los fallos en la generación principal. La dependencia histórica de combustibles fósiles, sumada a las restricciones geopolíticas y económicas, ha impedido una transición energética robusta. Este panorama subraya la intrincada red de factores internos y externos que perpetúan la crisis, transformándola de un problema técnico a una cuestión de seguridad nacional y bienestar social, con implicaciones directas en la cotidianidad de millones de cubanos.
Este reciente apagón masivo es un síntoma de una crisis energética que se ha intensificado desde mediados de 2024, llevando al país a máximos históricos de cortes eléctricos. Con apagones que superan regularmente las 20 horas en la capital, La Habana, y alcanzan hasta 40 horas continuas en otras provincias, la paciencia ciudadana se ve constantemente puesta a prueba. En el mes de julio se registraron tres apagones nacionales en una sola semana, con un 74% de la isla desconectada. El Gobierno cubano ha reconocido la situación como ‘crítica’ y ‘extremadamente tensa’, una admisión que resalta la gravedad de un problema que, sin inversiones significativas y soluciones sostenibles, amenaza con agravar aún más las ya difíciles condiciones de vida en el país caribeño.
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