La dinámica de las relaciones internacionales contemporáneas ha resucitado conceptos de antaño, si bien con nuevas y peligrosas mutaciones. Raymond Aron describió la Guerra Fría como una situación de ‘paz imposible, guerra improbable’. Sin embargo, el enfrentamiento actual entre Estados Unidos y el régimen iraní ha evolucionado hacia una variante más inestable: la ‘Guerra Congelada’. Esta designación subraya un conflicto intermitente, caracterizado por hostilidades abiertas, ceses al fuego temporales y una constante escalada de tensiones que, desde el 28 de febrero, ha mantenido al Estrecho de Ormuz en un estado de precariedad, con el Pentágono preparando operaciones a gran escala en un horizonte electoral.
Las causas de esta persistente confrontación se mantienen inalterables. En primer lugar, la estrategia de Irán de emplear actores interpuestos, como Hizbulá, Hamás, los hutíes y milicias proiraníes en Irak, le ha permitido librar una guerra asimétrica sin sufrir consecuencias directas en su territorio hasta la fecha. En segundo término, el programa nuclear iraní, con un enriquecimiento de uranio por encima del 60 % y hallazgos del OIEA de partículas al 83,7 % en Fordo, carece de justificación civil y plantea serias preocupaciones sobre una posible capacidad armamentística. La acumulación de misiles balísticos, de crucero e hipersónicos de largo alcance, ignorada por el acuerdo nuclear de 2015, completa un arsenal con capacidad de amenaza existencial para la región y Europa.
Además de las tensiones externas, Irán se enfrenta a una ‘guerra dentro de la guerra’ interna, una lucha encarnizada por el poder entre facciones del régimen y el Cuerpo de la Guardia de la Revolución Islámica (CGRI). Figuras como el general Ahmad Vahidí y Mohsen Rezaí, este último con una notificación roja de Interpol por el atentado contra la AMIA, consolidan su influencia mediante la perpetuación de las hostilidades. Esta dinámica debilita la autoridad presidencial de Masud Pezeshkian, que busca una salida negociada pero carece de control militar efectivo, generando una ‘paradoja del descabezamiento’ donde la ausencia de una cúpula unificada hace al régimen más impredecible y difícil de pacificar.
Desde una perspectiva estratégica, se observan graves errores. La eficacia táctica estadounidense en golpear instalaciones nucleares y descabezar la cúpula iraní se ve empañada por la estrategia de convertir cada tregua en un ‘regalo’ para Teherán. Los altos el fuego han sido sistemáticamente utilizados por Irán para rearmarse y reponer sus lanzadores de drones y misiles, elementos cruciales de su capacidad ofensiva. Más preocupante aún es la ausencia de un ‘plan para el día después’ que contemple un posible colapso del régimen, una carencia que podría desencadenar una crisis geopolítica de proporciones incalculables respecto al destino de su arsenal, uranio y las organizaciones terroristas afines.
El Estrecho de Ormuz, arteria vital para el comercio mundial de petróleo, ha pasado de estar bajo un control disputado a una situación de inseguridad permanente. Aunque Estados Unidos puede mantenerlo abierto, Irán ha demostrado capacidad para mantenerlo inseguro mediante ataques de bajo coste. Paralelamente, la diversificación de rutas de exportación, como los oleoductos saudí Este-Oeste y el emiratí de Habshan a Fuyaira, reduce la dependencia global de Ormuz. Sin embargo, el régimen iraní ha capitalizado esta vulnerabilidad, transformando el tránsito por el estrecho en un negocio de extorsión que, según estimaciones, asciende a entre 100.000 y 200.000 millones de dólares anuales, financiando precisamente las actividades que la comunidad internacional busca contener.
Los esfuerzos diplomáticos para desactivar la crisis han sido, en su mayoría, infructuosos. Una larga lista de planes de paz, desde los quince puntos estadounidenses hasta la contrapropuesta iraní de diez, han fracasado debido a las ‘exigencias inasumibles’ de Teherán. Reclamaciones como la soberanía sobre Ormuz, la liberación de activos congelados y el levantamiento de sanciones sin una desescalada previa, repiten el error de 2015, cuando el dinero desbloqueado financió la expansión de la red terrorista. Si bien la mediación discreta de Qatar ha mantenido abiertos los canales de comunicación, las divergencias sobre el orden de los pasos a seguir persisten, reflejando la profunda desconfianza mutua.
Con las elecciones en Israel el 27 de octubre y en Estados Unidos el 3 de noviembre, se anticipa que el ‘deshielo’ de esta ‘Guerra Congelada’ será violento. Una ofensiva dictada por las urnas, sin un plan de contención firme que incluya escoltas navales en rutas seguras, defensa antiaérea para oleoductos y sanciones implacables contra los intermediarios que sustentan la extorsión, solo agravará la situación. Es crucial que Europa, actor clave en la factura energética, contribuya con acciones concretas en lugar de meros comunicados. La omisión de un plan para el ‘día después’ de un conflicto de tal magnitud augura una victoria militar hueca y un fracaso geopolítico sin paliativos.
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