El panorama político colombiano se ve sacudido por una significativa fricción interna dentro de la coalición de derecha, un episodio que subraya las tensiones y las complejas alianzas rumbo a las futuras contiendas electorales, especialmente las de 2026. Recientemente, Alejandro Bermeo, una figura influyente y senador electo por el partido Salvación Nacional, asociado a la campaña de Abelardo De La Espriella, desató una profunda controversia al proferir graves acusaciones contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez y el uribismo, la facción más tradicional de la derecha. Esta escalada verbal, que incluyó la insinuación de amenazas contra figuras políticas, ha evidenciado las profundas grietas que atraviesan a la Derecha Colombiana en un momento crucial.
El epicentro de la polémica se situó en una acusación directa por parte de Bermeo, quien, al responder a comentarios del expresidente Uribe sobre el rol de ciertos ‘influencers’, sugirió que este último estaba intentando ‘matar’ a uno de sus colaboradores, Santiago Giraldo. Más allá de la crudeza del lenguaje, Bermeo utilizó la ominosa referencia a la ‘motosierra’, un símbolo tristemente asociado en la memoria colectiva colombiana con la violencia paramilitar y las violaciones de Derechos Humanos que marcaron períodos oscuros del conflicto interno. Lo particularmente inusual y preocupante de esta alusión radica en que proviene de un sector de la ultraderecha, un espacio político que históricamente ha sido reacio a emplear narrativas comúnmente atribuidas a la izquierda sobre el pasado violento del país.
La reacción del establecimiento uribista fue inmediata y contundente, reflejando la gravedad de las imputaciones. Líderes como la senadora Paloma Valencia y el representante electo Daniel Briceño expresaron su indignación, calificando las declaraciones de Bermeo como un cruce de límites inaceptable en el debate político. La crítica no solo se centró en la naturaleza de los insultos, sino también en el peligroso precedente que sentaban estas acusaciones dentro de un espectro ideológico que, en teoría, debería presentar un frente unido frente a otras fuerzas políticas. Este incidente revela la lucha por la hegemonía y la dirección ideológica dentro del conservadurismo colombiano.
La polarización se agudizó con la intervención de Tomás Uribe, hijo del expresidente, quien elevó el tono de la advertencia. Más allá de defender a su padre, Tomás Uribe alertó sobre las consecuencias estratégicas de esta confrontación interna, citando el ejemplo de elecciones pasadas donde la fragmentación del voto de derecha impidió victorias esperadas. Su preocupación radicaba en que el uso de un lenguaje similar al ‘petrismo’ –la corriente política de izquierda– por parte de sectores de la derecha, podría generar una ‘rabia e indignación’ entre los votantes uribistas, llevándolos a abstenerse o incluso a cruzar líneas políticas en una eventual segunda vuelta, debilitando seriamente las opciones de un candidato conservador.
Finalmente, la subsiguiente disculpa de Alejandro Bermeo, instigada por Abelardo de la Espriella, si bien intentó mitigar el daño, no borra el impacto de lo ocurrido. Este episodio trasciende un simple cruce de trinos; es un claro indicador de las profundas tensiones y las complejas dinámicas de poder que se están gestando dentro de la derecha colombiana en vísperas de importantes citas electorales. El manejo de estas fricciones internas, la capacidad de forjar alianzas y de evitar la fragmentación ideológica y electoral, será determinante para el futuro de este sector político en el escenario colombiano.
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