La reconocida cronista mexicana Alma Guillermoprieto, figura insigne del periodismo latinoamericano, ha ofrecido una perspectiva incisiva sobre la coyuntura global, al declarar que vivimos el ‘fracaso de la utopía del capitalismo’. Sus reflexiones, vertidas durante su participación en el Festival de EL PAÍS, invitan a una profunda reevaluación de los sistemas económicos y políticos que han moldeado el último siglo, proyectando una sombra de desencanto sobre ideologías que prometieron prosperidad y equidad, pero han derivado en complejidades y desigualdades persistentes.
Esta aseveración se sitúa en un contexto más amplio donde Guillermoprieto también ha lamentado el devenir de las revoluciones socialistas que presenció en sus inicios como reportera, específicamente en Cuba y Nicaragua. La cronista enfatiza que el ‘fracaso de las utopías’ del socialismo se manifestó en la incapacidad de generar riqueza sostenible y en la supresión de la diversidad de pensamiento, conduciendo a regímenes autoritarios. Paradójicamente, el sistema capitalista, aunque dominante, tampoco ha logrado resolver problemas fundamentales de la modernidad, como la distribución equitativa de la riqueza o la sostenibilidad ambiental, según su análisis.
El escrutinio de Guillermoprieto sobre las experiencias socialistas es particularmente mordaz, señalando que ni la excusa de la injerencia externa puede justificar la profunda decepción que le provocan los resultados en Cuba y Nicaragua. A diferencia de Venezuela, donde observa más rabia que dolor, estas naciones representaron ‘los grandes sueños últimos del socialismo’, cuya promesa de bienestar y progreso se desvaneció al no poder garantizar soluciones básicas como el acceso a la vivienda, a la vez que se ahogaba la disidencia intelectual y política, elementos intrínsecos de cualquier sociedad libre y próspera.
En el caso concreto de Nicaragua, la periodista conoció de primera mano a figuras como Daniel Ortega y Rosario Murillo durante el triunfo de la revolución sandinista en los años 80. Su evolución hacia un régimen que ha eliminado sistemáticamente la oposición y las voces críticas es, para Guillermoprieto, una muestra palpable de cómo la ‘mediocridad unida al poder absoluto’ puede corromper los ideales revolucionarios, transformando un movimiento emancipador en una autocracia familiar que anula los derechos civiles y políticos de sus ciudadanos, desvirtuando cualquier atisbo de la utopía original.
La crítica al sistema capitalista, por su parte, se ancla en la observación de sus limitaciones para abordar los desafíos contemporáneos. A pesar de haber impulsado una expansión económica sin precedentes en varias regiones, el capitalismo global ha exacerbado la desigualdad social y la crisis climática, demostrando una insuficiente capacidad para lidiar con las externalidades negativas de su propio desarrollo. La polarización económica y la fragilidad de las instituciones democráticas en diversas latitudes sugieren que la promesa de un progreso universal bajo este modelo ha quedado, en gran medida, sin cumplir para vastos sectores de la población mundial.
No obstante el sombrío panorama, Alma Guillermoprieto mantiene una inquebrantable esperanza en la resiliencia de la gente común en América Latina. A sus 76 años, su persistencia radica en la convicción de que, a pesar de las adversidades políticas y económicas, la capacidad de ‘resistir alegremente’ y el espíritu luchador de sus pueblos son la verdadera fuerza motriz de la región. Este humanismo subyacente a su crónica es un recordatorio de que, más allá de los sistemas fallidos, la dignidad y el ingenio de los individuos continúan siendo un faro en tiempos de incertidumbre.
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