Donald Trump y su Gobierno han incurrido en contradicciones y falta de claridad sobre los objetivos y las justificaciones para la guerra de Irán. Han tenido más cohesión en la duración esperada para su campaña militar, con una estimación «de cuatro a seis semanas».
La … realidad es que la guerra ha entrado ya en su quinta semana, el conflicto está enquistado y las rampas de salida para Trump no son evidentes. Enfrente tiene a un Irán arruinado en lo militar, pero con su régimen endurecido. Y que tiene a su favor el dolor económico que provoca a Estados Unidos y al resto del mundo el bloqueo del estrecho de Ormuz, para lo que no necesita grandes alardes militares. Lo que queda de la república islámica sabe que alargar el conflicto le perjudica a Trump.
Una vez que se cumplan esas seis semanas, cada día que pase con la guerra abierta será utilizada por la oposición a Trump para afearle que no ha cumplido con su estimación y que, contra sus promesas electorales, ha metido a EE.UU. en otra guerra interminable en Oriente Próximo. La prolongación del bloqueo del estrecho de Ormuz y su impacto económico solo ahondarán el problema político de la guerra para Trump, a pocos meses de las elecciones legislativas. Estos son los escenarios, no excluyentes en todos los casos, que se le abren al presidente de EE.UU. para el final de la guerra.
El final dialogado
Con el precio del petróleo disparado y las bolsas hundidas, Trump ha abierto una vía de diálogo con Irán para encontrar un acuerdo negociado. En su gestión caótica de la guerra, el multimillonario neoyorquino ha dado marcha atrás en dos ultimátums con los que amenazó con destruir las infraestructuras energéticas de Irán —algo que solo empeoraría la situación— y ahora mismo rige una tregua en ese tipo de ataques hasta el 6 de abril. Los contactos con Irán por ahora son indirectos, liderados por sus negociadores principales —su amigo Steve Witkoff y su yerno, Jared Kushner— y con un protagonismo novedoso del vicepresidente, J. D. Vance, un aislacionista al que la guerra ha cogido con el pie cambiado.
En las conversaciones está teniendo un papel clave Pakistán, que tiene buena relación tanto con Washington como con Teherán. Este mismo fin de semana se han reunido en Islamabad enviados de otros países con capacidad de mediar en el conflicto: Arabia Saudí, Turquía y Egipto.
Trump ha compartido un plan de 15 puntos con Irán del que no se conocen todos los detalles pero que apunta a reunir, en esencia, las exigencias que EE.UU. hacía a Irán antes de la guerra, como la renuncia completa a sus ambiciones nucleares, desmantelamiento de su programa de misiles y fin del apoyo a milicias islamistas en la región. Irán ha mostrado rechazo al plan y desconfía del intento de diálogo de Trump, que ya ha iniciado dos operaciones militares en su contra en medio de negociaciones diplomáticas. Las dos figuras que sobresalen en la teocracia iraní —el presidente del Parlamento, Mohamed-Bagher Ghalibaf, y el ministro de Exteriores, Abás Araqchi— no parecen inclinados a concesiones. A día de hoy, la posibilidad de un acuerdo negociado sería un final en el que a Trump le costaría vender que ha logrado sus objetivos. Por otro lado, Israel, que no quiere concesiones de EE.UU. a Irán y busca el desmantelamiento del régimen, podría dificultar el proceso.
La invasión terrestre
Este fin de semana ha llegado la primera de las dos unidades del Cuerpo de Marines que el Pentágono ha enviado a Oriente Próximo, en medio de discusiones sobre la posibilidad de una operación terrestre en Irán. Son soldados especializados en operaciones de asalto anfibio. También está en camino un contingente de la 82ª División Aerotransportada, un cuerpo de elite para operaciones terrestres. La cuestión es si Trump ha tomado esta medida para aumentar la presión para una salida negociada o si de verdad busca invadir territorio iraní. Esto supondría un escalada decisiva de la guerra, que echaría al traste cualquier previsión de una operación de seis semanas, dispararía el riesgo para soldados estadounidenses y aumentaría las grietas entre los republicanos sobre la campaña militar. La guerra es impopular en EE.UU., pero mantiene el apoyo de las bases MAGA y de la mayoría de los republicanos en el Congreso. Pero una invasión y sus consecuencias en coste de vidas y de impuestos de los contribuyentes dispararía la oposición.
Las posibilidades de una operación de ‘boots on the ground’ (‘botas en el terreno’) son amplias y abarcan varios escenarios: la toma de la isla de Jark, el centro logístico del petróleo iraní, algo con lo que Trump ya ha amagado; invadir la costa iraní de Ormuz para desbloquear el paso marítimo por el que circula una quinta parte del crudo mundial; una operación de fuerzas especiales en Isfahán para poner bajo control el material nuclear que se cree enterrado; una invasión para forzar el cambio de régimen. Esta última sería la más improbable e impopular, pero todas están llenas de desafíos.
Asfixiar al régimen desde el aire
Si el acuerdo diplomático es inviable y la operación terrestre resulta indeseable, EE.UU. podría mantener durante un tiempo la presión militar sobre Irán, en un intento de asfixiar a lo que queda del régimen y extraer concesiones. La superioridad militar es abrumadora, EE.UU. controla el cielo iraní y el Pentágono tiene señalados miles de objetivos que todavía puede golpear, además de la posibilidad de seguir lanzando ataques contra los nuevos líderes iraníes.
Pero sería un escenario que no soluciona los asuntos esenciales del conflicto si, como ha ocurrido hasta ahora, el régimen solo se endurece con los ataques: no reabre Ormuz, no soluciona el problema nuclear y no provoca un cambio de régimen.
El modelo venezolano
Quizá Trump tenía el sueño de repetir en Irán el éxito de Venezuela. La espectacular operación de captura de Nicolás Maduro ha propiciado una transición política en el país suramericano con un Gobierno amable con Washington y que permite a EE.UU. el control de su petróleo. Para el presidente estadounidense, el de Venezuela es el modelo «perfecto». Otra cosa es que su realización sea mucho más compleja en la teocracia iraní. Por el momento, la Administración Trump no ha dado con la figura capaz de, a la vez, mantener el poder interno y entablar una relación de cooperación con EE.UU. que permita un acuerdo nuclear satisfactorio para Trump. A algunos de esos posibles interlocutores, como el hombre fuerte del régimen Alí Lariyani, los ha matado el Pentágono durante la guerra.
Declaración de victoria
Es el comodín que siempre podrá usar Trump: anunciar que los objetivos militares se han conseguido, que el programa nuclear (como ya hizo el pasado junio) y de misiles de Irán está destrozado y dejar que se ocupen de Ormuz quienes más sufren el bloqueo, los países de la región y sus clientes energéticos (en especial, los asiáticos). La Casa Blanca ha anticipado un final así: «La guerra acabará cuando el comandante en jefe determine que los objetivos se han cumplido». Trump ha demostrado que es capaz de moldear la realidad a sus intereses y podría decir que ha ganado —de hecho, ya lo ha dicho— y salir de Irán. Otra cosa será si esa salida convence en EE.UU. si no viene acompañada de compromisos reales de Irán: le pesarán los miles de millones gastados en la guerra, la relación con la OTAN y sus aliados fracturada, más de una docena de soldados muertos hasta ahora, un socavón económico de duración incierta y un Oriente Próximo igual de inestable que hace un mes.




