Friday, February 13, 2026
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Venezuela en la encrucijada: la amnistía que podría reconciliar o destruir

Bajo el sol inclemente de Caracas, que no distingue entre ideologías, dos Venezuelas marcharon por separado en el Día de la Juventud. No era una celebración, sino un pulso. Un termómetro de la tensión que se vive en las calles mientras, en el hemiciclo de la Asamblea Nacional, se debatía el destino de cientos de personas a través de una palabra cargada de esperanza y recelo: amnistía.

El aire en los alrededores de la Universidad Central de Venezuela vibraba con una energía olvidada. La rabia y la euforia se mezclaban. «¡Aquí no estamos pidiendo nada más salario, hermano. Aquí estamos pidiendo justicia!», gritaba Richard Jaspe, obrero de la Facultad de Arquitectura, con la voz quebrada por la emoción. «Justicia para estos hampones que están aquí disfrazados, utilizando las armas contra el pueblo. Que amedrentaron, torturaron. Muchos de ellos violaron hasta a nuestras estudiantes». Su grito era el de una comunidad universitaria que se siente agredida por las fuerzas policiales y que, tras mucho tiempo, perdía el miedo.

La marcha era un primer paso desafiante: una vuelta simbólica alrededor de su casa de estudios, un ensayo de la libertad que reclaman para otros. «¡Somos los estudiantes en la calle otra vez!», coreaban. Entre las pancartas tricolores emergía una imagen inusual: la bandera de Estados Unidos junto a la venezolana, con un «Thank You» escrito a mano. Un gesto que refleja la compleja trama de influencias tras la intervención militar del 3 de enero.

«Estoy aquí por la libertad»

Aura Nariño, enfermera jubilada, caminaba con la convicción de una madre que ha visto demasiado. «Estoy aquí por la libertad de todos los presos políticos, porque regresen nuestros hijos a casa», decía con calma firme. «Como madre, mis hijos están afuera y quiero que regresen a una mejor Venezuela, la que yo conocí antes que llegara todo esto mal llamado socialismo». Su voz se unía a la de Rosa Cucunubá, joven líder estudiantil que sentenciaba: «Hoy no tenemos nada que celebrar. ¡Más nunca nos van a volver a silenciar!».

«Hay que saber diferenciar entre lo que es un preso político y un político preso». La frase define la fractura del país

Luigi Mendoza

Joven revolucionario

Las hermanas Baduel, hijas del general Raúl Isaías Baduel fallecido en prisión, sostenían la foto de su padre como un estandarte de su propia lucha, con la fe puesta en el debate parlamentario.

Miguel Ángel Suárez, presidente de la FCU, buscaba ir más allá de la confrontación. La amnistía, decía, «es un primer paso a la reconciliación nacional», pero advertía que debía ser amplia, «para que pueda cumplir con todos los casos de los presos políticos del 99 hasta la actualidad». Su llamado final resonaba como promesa y desafío: «Vamos para la calle, hermano. De nuevo, después de tanto tiempo».


Manifestantes en Caracas piden la libertad de los trabajadores de la petrolera PDVSA


rEUTERS

Al oeste de la ciudad, otra juventud se congregaba. La marea roja del chavismo avanzaba con una narrativa propia, una realidad paralela que no se sentía opresora, sino asediada. Para ellos, Venezuela estaba bajo asedio de una potencia imperial. El objetivo era claro, y lo verbalizaba Daniela Salcedo, joven asistente a la concentración oficialista: «Como jóvenes estamos marchando para solicitar al gobierno de los Estados Unidos que libere a nuestro presidente Nicolás».

Captura, no liberación

En su universo, Nicolás Maduro y Cilia Flores no son prisioneros de un sistema judicial, sino rehenes de Washington. La operación estadounidense de enero no fue una liberación, sino una captura. Para ellos, los verdaderos violadores de derechos humanos no están en Caracas, sino en el norte. Esta perspectiva, incomprensible para la oposición, es el pilar que sostiene su movilización. No marchan para defender un gobierno, sino para defender a la patria de una injerencia extranjera que perciben como existencial.

Luigi Mendoza, joven revolucionario, lo articulaba con agudeza: «Hay que saber diferenciar entre lo que es un preso político y un político preso». La frase define la fractura del país. Para unos, los opositores encarcelados son luchadores por la libertad. Para otros, son criminales y conspiradores que atentaron contra el Estado.

Así, Caracas se partió en dos. Dos marchas, dos relatos, dos juventudes que vivían en universos morales irreconciliables. Una caminaba por la justicia y la libertad de los suyos, con la memoria de los caídos. La otra marchaba por la lealtad a su líder y la defensa de su proyecto frente a una amenaza externa. En el medio, una ley pendía de un hilo, conteniendo no la promesa de un reencuentro, sino la evidencia de que en la Venezuela de hoy, el perdón es tan divisible como la justicia.

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