El tacto suele asociarse a la experiencia directa del contacto, a la presión de la piel contra una superficie o a la fricción de los dedos al explorar un objeto. Sin embargo, hay situaciones cotidianas que dejan entrever que esta idea quizá se queda corta: manos que se detienen justo antes de chocar con algo oculto, una resistencia inesperada bajo la arena o una sensación difícil de describir que anticipa un obstáculo. Durante mucho tiempo, estas percepciones se han interpretado como simples coincidencias o como una forma de intuición poco fiable.
Un estudio reciente presentado en el marco del IEEE International Conference on Development and Learning propone una explicación muy distinta y respaldada por datos. La investigación, desarrollada por científicos de la Queen Mary University of London y University College London, sugiere que los humanos pueden detectar objetos enterrados sin llegar a tocarlos, gracias a una forma de sensibilidad táctil que actúa a muy corta distancia. No se trata de un nuevo sentido en sentido estricto, sino de una ampliación inesperada de los límites del tacto humano, documentada por primera vez de manera sistemática.
Un problema clásico: encontrar lo oculto bajo la arena
Localizar objetos enterrados en materiales granulares como la arena es una tarea compleja tanto para humanos como para máquinas. La arena no se comporta como un sólido rígido ni como un fluido convencional, sino como un sistema de partículas que transmiten fuerzas de forma irregular. En este contexto, la información visual suele ser inútil, y el tacto se convierte en la principal fuente de datos.
El artículo científico parte de una observación clara: en robótica y en neurociencia se sabe muy poco sobre hasta qué distancia puede “anticiparse” el tacto humano en estos entornos. Los autores subrayan que su objetivo es estudiar una capacidad poco explorada, tal y como señalan en el resumen del trabajo: “Este estudio presenta un enfoque novedoso de localización basada en el tacto mediante un experimento en humanos con 12 participantes, diseñado para evaluar la sensibilidad de la yema del dedo a las señales táctiles de objetos enterrados”. Esta formulación deja claro que el interés no está en el contacto directo, sino en lo que ocurre antes de que este se produzca.
La relevancia del problema va más allá de la curiosidad científica. La detección de objetos enterrados es clave en arqueología, rescate tras desastres naturales o exploración planetaria, donde excavar a ciegas puede resultar peligroso o destructivo. Comprender cómo lo hace el cuerpo humano permite establecer referencias para mejorar tecnologías futuras.

Animales que sienten a distancia y una hipótesis trasladada a humanos
Antes de estudiar a las personas, los investigadores se apoyan en trabajos previos sobre animales. Algunas aves limícolas, como los correlimos, localizan presas ocultas bajo la arena sin verlas ni tocarlas directamente. Lo consiguen detectando pequeñas perturbaciones mecánicas en los granos cuando algo sólido se encuentra cerca.
La hipótesis central del paper es que los humanos podrían compartir, al menos en parte, este principio físico. No porque tengan estructuras especializadas como los picos de las aves, sino porque la mano humana podría ser mucho más sensible de lo que se pensaba a los cambios de resistencia y desplazamiento del material granular. En palabras del propio artículo, el trabajo busca “cuantificar el rango y la sensibilidad de la percepción táctil humana en la detección de objetos enterrados”.
Este planteamiento evita interpretaciones esotéricas o extraordinarias. Todo se apoya en leyes físicas conocidas sobre cómo se transmiten las fuerzas en materiales granulares y en modelos teóricos que predicen una “zona de influencia” delante de un objeto que se mueve en la arena. La pregunta clave es si el sistema nervioso humano es capaz de percibir esas señales débiles.
El experimento con personas: tocar sin tocar
Para comprobarlo, el equipo diseñó un experimento cuidadosamente controlado. Doce participantes introducían el dedo índice en una caja llena de arena seca y lo desplazaban lentamente siguiendo una trayectoria marcada por luces LED. En algunos ensayos había un cubo enterrado; en otros, no. La instrucción era clara: detener el movimiento en el momento en que se percibiera la presencia de un objeto, antes de llegar a tocarlo.
El diseño evitaba pistas visuales y controlaba la velocidad del movimiento, un aspecto crucial para que las señales mecánicas fueran comparables entre participantes. Los resultados mostraron que las personas eran capaces de anticipar la presencia del cubo con una precisión notable. El artículo recoge que los resultados humanos “confirman la detección con una precisión del 70,7 % a una distancia de 6,9 cm”.
Este dato es especialmente relevante porque se acerca al límite teórico predicho por los modelos físicos de interacción entre el dedo y la arena. Es decir, el sistema táctil humano parece operar cerca del máximo que permiten las leyes físicas, algo que rara vez se documenta con tanta claridad en estudios sensoriales.
Qué ocurre realmente en la mano
Una parte clave del estudio es explicar por qué esta capacidad es posible. Los autores no recurren a explicaciones vagas, sino a un análisis físico detallado. Al mover el dedo por la arena, se genera una zona de desplazamiento delante de él. Si existe un objeto enterrado dentro de esa zona, la arena responde de forma distinta: cambia ligeramente la resistencia y la dirección de las fuerzas que llegan a la piel.
El artículo señala que, al modelar estos procesos, se observa que “la mano humana es mucho más sensible de lo que se creía anteriormente”. Esta afirmación no implica un nuevo tipo de receptor, sino una combinación muy eficiente de mecanorreceptores cutáneos y procesamiento cerebral. El cerebro interpreta patrones de presión extremadamente sutiles como una señal anticipatoria de contacto.

Este mecanismo encaja con una visión moderna del tacto como un sentido activo. No se limita a registrar estímulos pasivos, sino que integra información durante el movimiento, ajustando continuamente la percepción a la interacción con el entorno.
Humanos frente a robots: una comparación reveladora
El estudio no se limita a los participantes humanos. En paralelo, los investigadores construyeron un sistema robótico con un brazo articulado y un sensor táctil diseñado para imitar las dimensiones y el movimiento de un dedo humano. Este sistema utilizaba algoritmos de aprendizaje automático, en concreto modelos de memoria a corto y largo plazo, para interpretar las señales.
Los resultados fueron llamativos. El robot podía detectar objetos a distancias similares, incluso algo mayores, pero cometía muchos más errores. Según el paper, mientras los humanos alcanzaron una precisión del 70,7 %, el sistema robótico se quedó en torno al 40 %, debido a un número elevado de falsos positivos.
Esta comparación subraya una idea importante: la sensibilidad no lo es todo. El cerebro humano parece especialmente eficaz a la hora de distinguir entre una señal real y el ruido de fondo generado por la arena. En cambio, el algoritmo tendía a “ver” objetos donde no los había, lo que reduce su utilidad práctica.
¿Un nuevo sentido o una redefinición del tacto?
Hablar de un “séptimo sentido” resulta tentador, pero los propios investigadores son prudentes. El trabajo no propone añadir un sentido nuevo a la lista clásica, sino ampliar el alcance de uno ya conocido. El artículo ofrece “evidencia cuantitativa de una habilidad táctil no documentada previamente en humanos”, una formulación que evita debates innecesarios sobre el número exacto de sentidos.
Aunque solemos hablar de cinco sentidos, la ciencia reconoce muchos más, y este hallazgo no añade uno nuevo, sino que amplía los límites de cómo funciona el tacto humano. En lugar de actuar solo en el contacto directo, el tacto puede anticiparse a él cuando las condiciones físicas lo permiten.
Esta distinción es clave para evitar interpretaciones erróneas. No se trata de percepción extrasensorial ni de capacidades misteriosas, sino de un ejemplo de cómo el cuerpo humano aprovecha al máximo la información disponible en su entorno inmediato.
Aplicaciones prácticas y nuevas preguntas
Las posibles aplicaciones del estudio son sugerentes, pero conviene leer los resultados con prudencia. En el ámbito tecnológico, los datos aportan referencias interesantes para el diseño de sensores táctiles en robótica, sobre todo en contextos donde la visión resulta poco fiable, como la arena, el barro o los escombros. Sin embargo, los propios resultados muestran que replicar la eficacia humana no es trivial, ya que los sistemas artificiales tienden a detectar señales donde no hay ningún objeto real, un problema que limita su uso fuera del laboratorio.
También se ha señalado el potencial de esta investigación para el desarrollo de herramientas asistivas, por ejemplo para personas con discapacidad visual. No obstante, estas aplicaciones siguen siendo hipotéticas. El estudio no evalúa situaciones reales ni tareas complejas, sino un entorno muy controlado, con movimientos lentos y repetitivos. Cualquier extrapolación práctica requiere, por ahora, muchas más pruebas y contextos distintos.
Desde el punto de vista científico, el trabajo abre preguntas relevantes, pero todavía sin respuestas sólidas. El experimento se realizó con solo 12 participantes jóvenes, un tamaño de muestra suficiente para detectar el efecto en condiciones controladas, pero insuficiente para generalizar conclusiones amplias sobre la población humana. Queda por saber si esta capacidad varía de forma significativa entre personas, si depende de la experiencia manual, de la edad o del entrenamiento, o si se mantiene en materiales distintos a la arena seca utilizada en el laboratorio.
También resulta clave determinar hasta qué punto esta sensibilidad puede mejorarse con aprendizaje o si se trata de un límite físico difícil de superar. El propio estudio se centra en una tarea muy concreta —desplazar el dedo a velocidad constante en una dirección fija—, lo que deja fuera muchas situaciones reales en las que el movimiento es irregular y el entorno menos predecible.
Aun con estas limitaciones, el trabajo tiene un valor claro: obliga a reconsiderar una idea muy arraigada, la de que el tacto comienza únicamente cuando hay contacto directo. Los datos sugieren que, en ciertos entornos granulares, el sistema táctil humano puede anticipar el contacto durante unos pocos centímetros, una zona fronteriza entre sentir y tocar que hasta ahora apenas se había explorado. No es un nuevo sentido, pero sí una ampliación significativa de lo que se creía posible.
Referencias
- Chen, Zhengqi; Crucianelli, Laura; Versace, Elisabetta; Jamone, Lorenzo. Exploring Tactile Perception for Object Localization in Granular Media: A Human and Robotic Study. 2025 IEEE International Conference on Development and Learning (ICDL), 21 de octubre de 2025. DOI: https://doi.org/10.1109/ICDL63968.2025.11204359.





