La capital venezolana se despertó el sábado pasado confundida. No es el caos que muchos esperaban, sino algo más perturbador: una calma que no termina de ser tranquilidad. Las calles están cerradas de un modo que no se veía ni el primero de enero. Los … supermercados funcionan a media puerta. El transporte público no circula.
En las avenidas principales, solo había presencia policial: agentes de la Policía Nacional Bolivariana, efectivos de la Guardia Nacional, y las fuerzas de inteligencia acuarteladas en sus sedes. El Sebin, el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional, permanecía en sus instalaciones. La DGCIM, la Dirección General de Contrainteligencia Militar, también. Nadie sale. Nadie entra. Es como si estuvieran esperando instrucciones que no llegan.
Iribet Tovar vive en Los Chorros, muy cerca de La Carlota, el aeropuerto donde comenzaron los bombardeos. Estaba acostada cuando escuchó el primer avión. «A la una y media de la mañana empezamos con un avión y escuchamos la primera detonación», cuenta. «Le dije a mi esposo, esto no es un trueno ni nada, esto es otra cosa».
Ella y su familia salieron después a comprar. «Compras nerviosas, como decimos nosotros», explicaba. Pero lo que la inquieta no son las explosiones que ya pasaron, sino la incertidumbre que permanece. «Se llevaron a Maduro y a Cilia, y ¿quién quedó aquí? No sabemos porque no se pronuncia nadie. Nadie dice nada. Estamos como en las películas de suspense, esperando qué va a pasar».
Pedro Tenaz, otro caraqueño, describía el estado de la ciudad con precisión: «Estamos un poco en shock. Las calles están desiertas, todo está en una calma extraña». Lo que más lo perturba es la falta de información clara. «Hay mucha gente que habla de un secuestro del presidente, que fue por el gobierno de Estados Unidos, pero no tenemos nada conciso.
«Las redes sociales muestran detonaciones y explosiones, pero a ciencia cierta no sabemos si el presidente está aquí o se lo llevaron». Su perspectiva es crítica. «No estoy de acuerdo con que un país vaya a otro país y con el poder de sacar y quitar a un presidente. Para eso hay mecanismos democráticos. Independientemente de que este gobierno esté o no esté en la línea, no estoy de acuerdo. Creo que se puede resolver de forma diplomática».
Vehículos bombardeados en la base aérea de La Carlota
Lo notable es lo que no sucede. No hay movilizaciones chavistas masivas. Los colectivos, esos grupos paramilitares urbanos que durante 27 años salieron a defender la revolución, permanecen en silencio. Un miembro del Frente Nacional Colectivo Sergio Rodríguez, quien pidió no ser identificado por seguridad, reconoce la derrota con palabras contenidas: «La lucha será hasta el final. Hemos dicho que esta revolución es pacífica pero armada, para defender la soberanía». Pero su voz no tiene la convicción de hace 24 horas. Es la voz de alguien que acaba de perder una guerra en una sola noche.
En Petare, una de las mayores favelas de Caracas y de América Latina, donde históricamente ha habido apoyo masivo al gobierno, Ingrid Sánchez escucha las declaraciones de Trump en su casa. Su hija y sus nietos están a su lado, mirando la pantalla sin entender realmente qué significa todo aquello. Ingrid no celebra. Su tono es de resignación amarga. «Aquí viene hambre. Desempleo. Los más pobres somos los más afectados en esta situación». Luego, con una rabia contenida, añade: «Aquí hubo traición. Delcy Rodríguez es una traidora. Trump dice que gobernará el país con ella. Montaron al presidente en la olla».
En los supermercados había colas. Gente comprando medicinas, alimentos, gasolina. No hay pánico desenfrenado, pero hay urgencia contenida. Una mujer llena su carrito como si no confiara en encontrar lo que necesita mañana. Un hombre paga con prisa, mirando hacia la puerta cada pocos segundos. Nadie conversa mucho. Los gestos son breves. Las palabras, cuando las hay, son en voz baja.
«Estamos desplegados. Confíen en nosotros para atravesar esta situación», pedía al pueblo Diosdado Cabello
Diosdado Cabello, el número dos del chavismo, el hombre que durante años ha sido la cara visible más radical, salió a las calles de Caracas enfundado en un chaleco antibalas, rodeado de policías. «Estamos desplegados. Confíen en nosotros para atravesar esta situación», pedía al pueblo que, sorprendido, veía lo que nadie esperaba. Luego, en un acto de desesperación que reveló el verdadero estado de ánimo del régimen, llamó abiertamente a los colectivos chavistas a movilizarse. «Alerta, alerta, los motorizados alerta», gritaba, como si algo, en ese momento, pudiera detener nada.
Nicolás Maduro habría dejado instrucciones antes de desaparecer. Declaró un «estado de conmoción exterior» en todo el territorio nacional. Ordenó «lucha armada inmediata»». Movilizó el «Comando para la Defensa Integral de la Nación». Pero estas palabras, estas órdenes, parecen tardías cuando unidades militares estadounidenses ingresaron al territorio sin que nadie prácticamente lo notara. Sin que nadie pudiera detenerlas. Sin que nadie supiera cómo.
«Mi mayor miedo es lo que pueda ocurrir en los próximos días. En Venezuela existen muchas armas en las calles», afirma un testigo a ABC
En las calles de Caracas, la gente permanece en sus casas, esperando. Un testigo le dijo a ABC: «Mi mayor miedo es lo que pueda ocurrir en los próximos días. En Venezuela existen muchas armas en las calles». Lo dijo mientras hacía unas compras nerviosas, a primeras horas de la mañana, comprando comida como si no supiera cuándo volvería a salir.
En el centro de la ciudad, donde se localizan la mayoría de las instituciones públicas, el suministro eléctrico continúa, pero las avenidas permanecen con poca movilidad. Escasa circulación de vehículos. Algunas personas fuera de sus casas, en las aceras,
Las fuerzas de seguridad permanecen en sus posiciones. El SEBIN en sus oficinas. La DGCIM en sus cuarteles. Solo se observan policías nacionales y municipales, pero sin dirección clara. Es como si alguien hubiera perdido su cabeza, y el cuerpo aún no supiera que estaba muerto. Delcy Rodríguez, la vicepresidenta, ha dicho que «no se dejarán doblegar», pero sus palabras suenan huecas. ¿Quién las respalda? ¿Quién las ejecuta?
Trump, desde Mar-a-Lago, ha llamado a la operación «brillante». Ha hablado de «buena planificación» y «tropas excelentes». También ha cuestionado a la opositora María Corina Machado, ganadora del Premio Nobel de la Paz, diciendo que «no cuenta con apoyo ni respeto dentro del país» y que «sería muy difícil para ella ser la líder de Venezuela».
Así que en Caracas, mientras el sol avanza sobre la capital, la pregunta que define el momento es más simple y más profunda: ¿qué viene después? No hay celebración. No hay resistencia visible. Solo hay silencio.





